11 de febrero de 2008

Calzar del 30

Mis pies miden treinta centímetros
y los de mi hermano el mayor treinta y dos.

RICARDO CASTILLO

Nadie que no calce del 30
sabe lo que significa estar solo.
Puede constatarse.
A las tiendas
llegan diez, quince pares de zapatos
de cada una de las otras tallas
y sólo un par del 30, y eso
porque los pies vienen de a dos
y nadie compraría un zapato solo
si así se lo vendieran.

Aunque yo sí lo haría.
Pagaría siete veces el izquierdo
en espera del par,
y el derecho, negado siete veces
y siete por setenta
imaginado,
se me presentaría en el sueño
como un padre,
como un ancestro de talones anchos
y empeines desmedidos,
como el pie y el zapato al mismo tiempo,
y me ataría con sus cordones
de la mano
para llevarme a donde hubiera gente
de pasos y pisadas comprensibles.

Calzar del 30 no da risa.
Tampoco es ningún drama.
Pero a veces hay directorios telefónicos
tirados en la calle
con datos de otras eras
o del armario salen cajas
de comercios que fueron liquidados
y uno se ve los pies, los interroga,
un poco los levanta con prudencia
y vuelve a dar con ellos en el suelo
y no adivina cuándo ni en qué sitio
hayan servido, hayan sido comunes,
hayan cabido en calcetines
o hayan roto invaluables corazones.



("Calzar del 30" se publicó en el número 14 de la revista Reverso.)

1 comentario:

miguel (así, sin apellidos) dijo...

Calzar del 30 es una manera redituable de colocar el pensamiento en los pies, ya que la soledad se concentra en la búsqueda de los pasos amplios.