Otros libros de Lizalde son ―por momentos, al menos― tan estimables como aquellos tres, y no me opongo a que algunos lectores prefieran Cada cosa es Babel (1966), Tercera Tenochtitlan (1983, 1999) o Tabernarios y eróticos (1989) por encima de los tres que yo menciono. Pero, a mi modo de ver, es imposible apreciar el auténtico relieve poético de Lizalde sin tener en cuenta la envergadura de La zorra enferma, Caza mayor y El tigre en la casa, obras diferentes entre sí, perturbadoras y robustas cada una en su estilo, pero conmovedoras y desasosegantes como tres verdades terribles, como tres maldiciones a las que sus ya numerosos lectores terminaran resignándose con docilidad, cuando no con entusiasmo, un poco a la manera del roedor hipnotizado por la cobra. En cambio, si Lizalde sólo hubiera escrito Al margen de un tratado (1983), Bitácora del sedentario (1993) u Otros tigres (1995), poemarios que de todas formas considero muy buenos ―y, en ocasiones, espléndidos―, es obvio que su lugar en el mapa o foto de grupo de la poesía moderna y contemporánea escrita en español no sería el mismo que se le reconoce ahora.
Sucesivos, pues, y aparecidos por añadidura entre los bordes ilusorios de los happy seventies, los tres libros atraen a su lector como apenas la promesa de un amor desdichado, un duelo sin resolver o una desgracia inminente del espíritu pueden hacerlo. Casi totalmente desprovistos de frases incidentales, de sobrantes verbales o anímicos, los tres implican otras tantas exploraciones del rencor, el desánimo, el fracaso, la envidia, el resentimiento, el odio y, en síntesis, la “mala roña” que ya en algún poema de la muy desigual juventud literaria de Lizalde “hizo estallar en vómitos de sangre / los volcanes del sueño, / convirtió el vino en arsénico, el rubor / en roña, / toda la carne en víboras, / todo el acero en espadas, / todas las flores en llagas del jardín, / cada espina de rosa en traidora tachuela, / cada aguja en puñal, / cada rincón oscuro en cueva de panteras, / cada mano de niño en inminente tarántula, / todo lunar en pústula”. Suya es la energía de la invectiva; suya, la precisión del epigrama; suyo, el adjetivo hiriente, adherido al sustantivo como un parásito de intenciones perversas.
Ahora bien, el próximo 14 de julio Eduardo Lizalde cumplirá 80 largos, altos, profundos años. Quienes lo admiramos le decimos el Tigre. Lo cierto es que la hiena, más allá de tigres o de zorras, viene a ser el verdadero animal heráldico de Lizalde, y no es otro el cumpleaños para cuya celebración debemos prepararnos: el tremendo, escalofriante cumpleaños de la hiena.

(Este artículo se acaba de transmitir hace algunos minutos en Señales de Humo, la revista cultural de Radio Universidad de Guadalajara.)

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