30 de marzo de 2009

La juerga de la hiena

Se habla de un hat trick, en el ámbito de los deportes, cuando un mismo futbolista marca tres goles en un solo partido. Evidentemente, si anotar un gol ya es de por sí difícil e incluso heroico, hacerlo en tres ocasiones tiene mucho de prodigio, de hazaña sobrenatural y hasta de trato directo con la Gracia o con el Demonio. En la poesía mexicana de los últimos tiempos, que si no es un deporte no es por falta de jugadores, acaso el hat trick más inobjetable y categórico haya sido el marcado por Eduardo Lizalde con El tigre en la casa, La zorra enferma y Caza mayor, libros formidables aparecidos uno tras otro en 1970, 1975 y 1979, respectivamente.

Otros libros de Lizalde son ―por momentos, al menos― tan estimables como aquellos tres, y no me opongo a que algunos lectores prefieran Cada cosa es Babel (1966), Tercera Tenochtitlan (1983, 1999) o Tabernarios y eróticos (1989) por encima de los tres que yo menciono. Pero, a mi modo de ver, es imposible apreciar el auténtico relieve poético de Lizalde sin tener en cuenta la envergadura de La zorra enferma, Caza mayor y El tigre en la casa, obras diferentes entre sí, perturbadoras y robustas cada una en su estilo, pero conmovedoras y desasosegantes como tres verdades terribles, como tres maldiciones a las que sus ya numerosos lectores terminaran resignándose con docilidad, cuando no con entusiasmo, un poco a la manera del roedor hipnotizado por la cobra. En cambio, si Lizalde sólo hubiera escrito Al margen de un tratado (1983), Bitácora del sedentario (1993) u Otros tigres (1995), poemarios que de todas formas considero muy buenos ―y, en ocasiones, espléndidos―, es obvio que su lugar en el mapa o foto de grupo de la poesía moderna y contemporánea escrita en español no sería el mismo que se le reconoce ahora.

Sucesivos, pues, y aparecidos por añadidura entre los bordes ilusorios de los happy seventies, los tres libros atraen a su lector como apenas la promesa de un amor desdichado, un duelo sin resolver o una desgracia inminente del espíritu pueden hacerlo. Casi totalmente desprovistos de frases incidentales, de sobrantes verbales o anímicos, los tres implican otras tantas exploraciones del rencor, el desánimo, el fracaso, la envidia, el resentimiento, el odio y, en síntesis, la “mala roña” que ya en algún poema de la muy desigual juventud literaria de Lizalde “hizo estallar en vómitos de sangre / los volcanes del sueño, / convirtió el vino en arsénico, el rubor / en roña, / toda la carne en víboras, / todo el acero en espadas, / todas las flores en llagas del jardín, / cada espina de rosa en traidora tachuela, / cada aguja en puñal, / cada rincón oscuro en cueva de panteras, / cada mano de niño en inminente tarántula, / todo lunar en pústula”. Suya es la energía de la invectiva; suya, la precisión del epigrama; suyo, el adjetivo hiriente, adherido al sustantivo como un parásito de intenciones perversas.

Ahora bien, el próximo 14 de julio Eduardo Lizalde cumplirá 80 largos, altos, profundos años. Quienes lo admiramos le decimos el Tigre. Lo cierto es que la hiena, más allá de tigres o de zorras, viene a ser el verdadero animal heráldico de Lizalde, y no es otro el cumpleaños para cuya celebración debemos prepararnos: el tremendo, escalofriante cumpleaños de la hiena.



(Este artículo se acaba de transmitir hace algunos minutos en Señales de Humo, la revista cultural de Radio Universidad de Guadalajara.)

13 de marzo de 2009

Metrópolis, hoja de poesía

Leer poemas no en libros ni en revistas, no en suplementos culturales ni en páginas de internet, sino en hojas, en meras hojas impresas, casi siempre gratuitas, muchas veces ni siquiera dobladas y en todo caso volantes, o sea libérrimas y ligeras, es tanto como exponerse al estado más profundo y auténtico de la poesía escrita, que no es antigua ni moderna, que no está de moda ni podría no estarlo. Me refiero a la pobreza, que va más allá de la simple austeridad y el rigor y que no es, desde luego, sinónimo de miseria. Y es que, si la poesía es “inmortal y pobre”, como ya dejó escrito Borges, las hojas de poemas vienen a confirmarlo de modo natural, burlando sin altanería los códigos del mercado y entregándose a su lector más allá de la caducidad y la obsolescencia de la prensa periódica y de prácticamente todos los libros de la historia, que viven para el presente y con él se desvanecen.

Metrópolis, hoja de poemas dirigida en Guadalajara por el poeta Carlos Vicente Castro, llegó a su número 8 este mes de febrero. Cuatro poetas mexicanos (de Tepic, Guadalajara, Querétaro y la capital del país) comparten los pliegues de la publicación con otros tantos poetas de Argentina, Panamá, Rumania y España, respectivamente. Pero el interés de Metrópolis radica en la variedad estilística y emocional de los poemas que agrupa, no en la nacionalidad o procedencia de sus colaboradores.

Podría temerse que, por ser la poesía un género tan minoritario y el espacio de una hoja tan restringido, Metrópolis diera cuenta nada más de los intereses de un grupo, con sus pasiones y aversiones, renunciando con ello a la diversidad literaria. No es así: de la uniformidad aparente del yo poético a la dislocación e interpenetración de los numerosos discursos del orbe, de la exploración a tientas de la memoria y la identidad a la reproducción del habla cotidiana, los pocos y breves poemas de cada número de Metrópolis acaban resultando incontables y extensos. Camaleónica en el diseño, que varía entrega por entrega, esta hoja es poca, muy poquita cosa, y en esa brevedad y escasez cultiva los grandes y abiertos espacios de la poesía original y de la traducción, de la poesía llamada “joven” y de la que ya no lo es tanto, de la gravedad y el juego.



(Esta nota será transmitida mañana en el programa Horizontes, de Radio Universidad de Guadalajara. La hoja de poesía Metrópolis, por su parte, puede ser leída en www.revista-metropolis.com.)