3 de octubre de 2005

Auctor damnatus

T. S. Eliot escribió en 1961, cuando la Europa que lo acogió desde la segunda década del siglo XX parecía levantarse por fin sobre la desolación moral y artística de la posguerra, esa Europa que después de todo llegó a mostrarse capaz de simpatizar con los idearios reformistas y conciliadores de Juan XXIII o de Willy Brandt, que “la crítica literaria […] es una actividad instintiva de la mente civilizada”. No puedo precisar hasta qué punto fuese irónica la mezcla de instinto y civilización que burbujeaba entonces en los matraces del estupendo Eliot, poeta mayor y ensayista que no sólo a versificadores y literatos de ahora convendría releer a fondo, sino a personas con algún propósito de cordura en general. Como quiera que sea, la “mente civilizada” por la que apostaba el escritor norteamericano, inglés por decisión propia, no pienso que fuera por aquellas fechas ninguna conquista indiscutible de la cultura occidental ni mucho menos. Por el contrario, acaso las peores actividades instintivas del ser humano (la segregación, la más irracional de las desconfianzas, las fobias religiosas y partidistas y, grosso modo, la impaciencia ideológica traducida en violencia de palabra o física) tenían poco de haber sido vistas corriendo a sus anchas por el llamado Viejo Continente.

Hace considerablemente menos tiempo, cuando yo era estudiante de francés y tenía el hábito paralelo de recorrer incomprensibles librerías de viejo, di al azar con un libro editado en París en 1932 que llamó de inmediato mi atención. Me refiero a Romans à lire et romans à proscrire, del abad Louis Bethleem, o sea Luis Belén, volumen cuyo título significa “Novelas que deben leerse y novelas que deben prohibirse”. No se trata de ninguna obra cuyo género haya inventado el honesto abad; antes bien, se trata de un index o catálogo expurgatorio en la más pura tradición vaticana y totalitaria, y a mí me ha servido muchas veces como diccionario de autores de aquella época y aquellas latitudes y como lectura humorística, según el caso. Pequeña en cuanto al formato, gruesa en cuanto al número de páginas (poco más de seiscientas) y voraz en cuanto al hambre de justicia terrestre y extraterrestre, la valiente cruzada crítica de Luis Belén se compone de seis episodios o capítulos. En el primero se ofrece un resumen del index oficial vigente por entonces; en el segundo (el mejor de todos) las armas de la decencia pulverizan a Proust, Mann, Joyce y demás pecadores de buena pluma y horribles pensamientos que, no habiendo pasado aún bajo el arco de la prohibición del Vaticano, tuvieron que conformarse con desfilar al ritmo que les marcara el abad Belén, portero implacable de los infiernos literarios.

Una vez, en Puebla, en la que fuera biblioteca del obispo virreinal Juan de Palafox y Mendoza, visité una bella exposición: Auctor damnatus. Y es que tal era el membrete con que se adornaban los nombres de los escritores proscritos en tiempos y tierras de supremacía papal, y tal era el tema de la muestra. Por lo regular, dichos autores no alcanzaban a disfrutar del raro privilegio de verse así condecorados en los párrafos del index: más bien se les perseguía, interrogaba, condenaba y, en casos de santa ira no extinguible, quemaba en presencia o en ausencia con tantos ejemplares como hubieran llegado a reunirse de su libro maldito. Pues bien: con venerable modestia, el objetivo del abad Luis Belén era, en 1932, el de contribuir con su propio index a la formación de las conciencias cristianas. Yo me conmuevo con su empeño y lo entiendo como un gran ejemplo de la crítica literaria ejercida como “actividad instintiva de la mente civilizada”. Eliot (que conste) dixit.



("Auctor damnatus" apareció ayer, domingo 2 de octubre de 2005, en Mural.)

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