3 de septiembre de 2008

Jalisco y la modernidad

Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau,
Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe?
Au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!

BAUDELAIRE, Le voyage


La palabra modernidad es, valga la redundancia, típicamente moderna. Muchos afirman que sólo empezó a utilizarse por escrito a partir de 1848, con la edición póstuma de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand, aunque diccionarios como el Petit Robert sitúan el origen del término veinticinco años antes. En el prólogo a Cien libros clave del movimiento moderno, Cyril Connoly asegura que fueron los hermanos Goncourt quienes “acuñaron la palabra modernidad” en 1858, pero admite que otro diccionario histórico, el de Littré, atribuye a Gautier la invención del término. En efecto, Gautier llegó a valerse del sustantivo en cuestión en sus colaboraciones para Le Moniteur Universel, pero lo hizo en la fecha más bien tardía de 1867. En realidad, Balzac lo empleó ya en su Fisiología del matrimonio, de 1829.

Nada, sin embargo, es menos moderno que la noción —o ilusión— de modernidad. Entre las polémicas intelectuales de la Europa renacentista y barroca, sin duda la más ilustre y característica es la llamada querella de los clásicos (o antiguos) contra los modernos. Querella, ésta, de larga vida: si Rimbaud, en la página final de Una temporada en el infierno, sentenció que “se debe ser absolutamente moderno”, fue porque la modernidad ya estaba tipificada entre las vocaciones de su tiempo, con lo que tomar partido por ella significaba, en realidad, tomarlo por cierta especie de tradición. En este sentido, la modernidad no debe comprenderse como lo contrario de la tradición, sino como una forma heterodoxa de tradición incompatible con el ejercicio de la mimesis clasicista.

Otro poeta francés, Baudelaire, estableció en “El pintor de la vida moderna” el concepto de modernidad vigente hasta nuestros días. En palabras de Henri Meschonnic, “Baudelaire inventa una ética de la modernidad” al grado que, tras él, “poética y modernidad son una cosa y la misma”. La modernidad, asentó Baudelaire, “es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, del que la otra mitad es lo eterno e inmutable”.

Tal acepción de modernidad en tanto ética y poética, conciencia e inspiración, rigor y apasionamiento, lucidez y violencia, es la que marca el rumbo de las corrientes artísticas de vanguardia que, a partir del modernismo hispanoamericano, el modernisme catalán y el modernism angloamericano —que, cabe recordarlo, no son sinónimos entre sí—, asociados con el art nouveau francés, el Jugendstil alemán y la Wiener Sezession austriaca, serán el caldo de cultivo de las vanguardias artísticas del primer tercio del siglo XX y predominarán luego en México en forma de planos arquitectónicos, proyectos urbanísticos, esbozos escultóricos, tendencias pictóricas, estilos literarios e incluso modas en el vestido, la cosmética y la decoración.

Los artículos agrupados en esta revista dan cuenta de dicho predominio en el caso particular de Jalisco. Marcela Sofía Anaya Wittman y Vicente Pérez Carabias analizan la convergencia (más que la influencia directa) de la Bauhaus y de la revista L’esprit nouveau entre los arquitectos jaliscienses de la primera mitad del siglo XX. Por su parte, Nicolás Sergio Ramos Núñez y Juan Carlos González Vidal describen y estudian las relaciones de significación recíproca entre las diferentes áreas del Palacio Municipal de Guadalajara y el mural Fundación de Guadalajara de Gabriel Flores, ahí pintado. En la confluencia entre urbanismo y artes plásticas, Estrellita García recorre la historia de la escultura pública en Guadalajara y resalta en ella la obra y el ejemplo de Mathias Goeritz. En el campo de la pintura, Carmen V. Vidaurre analiza el trabajo de Roberto Montenegro y Arnulfo Eduardo Velasco hace lo propio con el de Carlos Orozco Romero.

Parece arriesgado en un principio, pero a la larga puede citarse de nuevo a Connoly para confirmar que, como el espíritu moderno en general, la modernidad en Jalisco “fue una mezcla de ciertas cualidades intelectuales heredadas de la Ilustración: lucidez, ironía, escepticismo, curiosidad intelectual, combinadas con la intensidad apasionada y la sensibilidad exaltada de los románticos, su rebelión y sentido de la experimentación técnica, su conciencia de que vivían en una época trágica”.



(Este artículo es en realidad la introducción que redacté para el número 72 de la revista Estudios Jaliscienses. No ignoro que la situación actual de mi universidad, la de Guadalajara, en buena medida viene a recordarle a todo el mundo que Jalisco, lejos de haber conocido alguna vez la modernidad, más bien está empeñado en rechazarla per secula seculorum. Pero la revista no es de mi universidad, sino del Colegio de Jalisco, así que no hay nada que temer...)

18 de agosto de 2008

Cuando abril amanece siendo enero

Víctor Cabrera, Signos de traslado, México: Juan Pablos / Leer y Escribir, 2007, 58 pp.


“Pasa una generación y viene otra, pero la tierra permanece para siempre”, según puede leerse al comenzar el Eclesiastés. (No en otra cosa pensó Antonio Machado cuando formuló aquel proverbio, ahora celebérrimo: “Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar…”) Refiriéndose a la sangre, algo parecido ha escrito Víctor Cabrera en el primer poema de su nuevo libro, Signos de traslado:

Sólo ella permanece sin quedarse:
se cumple en su caudal,
en el vaivén erige su circuito:
no va ni viene:
se completa

y al cabo de los años,
un buen día,
te sorprendes siguiéndola…


Entre la tierra y la sangre se debaten, ciertamente, los poemas de Signos de traslado. Me refiero a la tierra fija de la ciudad contemporánea, de sus barrios y calles, y a la sangre constante del poeta que reconocemos en los pormenores de una mudanza, un cambio de domicilio, y en las observaciones de alborada y mañana con que va ordenando su vida en la nueva casa. Lo fijo, insisto, casi es aquí el antónimo de lo constante: la doble indiferencia de la sangre y la tierra, exterior a nosotros la segunda, interior la primera, extrañas ambas a la menuda persistencia del individuo, que ni se abre las venas al pagar el alquiler o las mensualidades de su hipoteca ni puede tampoco jactarse de habitar el mundo en su totalidad, sino apenas en cuestión de pocos metros cuadrados.

Mudarse, cosa tremenda y angustiosa para muchos, para Cabrera es más bien modularse, adaptarse a palabras distintas y exigentes, como las que los niños esperan de nosotros. Lo que hago aquí es glosar el poema “Explicación”, en cuyas estrofas queda expresado, por así decirlo, el origen antepoético de Signos de traslado: ese momento en que al autor, explícito en el empleo de un yo no tanto confesional como estrictamente reflexivo, se le volvió urgencia la necesidad personal de ir “tallando […] palabras” con las cuales “hacer un amuleto” que lo salvara de la “duda”. No puedo resistirme a copiar algunas estrofas:

Desde una edad incierta
—sus tres años—
Marianna me pregunta
si mudarse es
cambiar de casa.

[…]

Que sí, le digo entonces,
que pronto nos iremos de estos muros,
que con los ojos mudaremos de ventanas.

Eso digo, pero callo lo importante,
que lo que muda
es que cambia por la fuerza:
de amor o de lugar,
de fe y de camiseta.

[…]

Lo cierto es que no mudo,
modulo
mi voz en estos versos
para hacerme a la medida de mi estancia.


Por supuesto, no he citado estos versos al azar. La niña que se menciona, Marianna, puede comprenderse a la vez como un sedimento de autobiografía —lo cual indica el talante literario de Víctor Cabrera, poeta de sintaxis nítida, querencias cotidianas y asombros más bien diurnos— y, en su relación con el autor adulto y padre de familia que firma el poemario, como un símbolo de las ya referidas generaciones del Eclesiastés, que se van sucediendo sin descanso. En la infancia, parece decir la niña de Cabrera, no hacemos otra cosa que cambiar e interrogarnos por los cambios.
Por lo demás, cuando todo está cambiando, ¿en dónde puede reconocerse cada quien? ¿Hasta dónde hay que ir para seguir estando ahí, en donde al menos un par de referentes parecen familiares? No cabe admirarse de lo nuevo, porque todo lo es, pero es ineludible asombrarse:

Hogar,
no será la novedad
sino el asombro
quien pueble las estancias.


Autor de un sabroso racimo de sonetos culinarios (Diez sonetos, 2004) y de un irrespetuoso libro de cuentos (Episodios célebres, 2006), Víctor Cabrera se inscribe, con Signos de traslado, en esa línea de la tradición poética mexicana que remonta, cuando menos, hasta el prosaísmo de Luis G. Urbina, luego se robustece con Renato Leduc y Salvador Novo y deriva en poetas actuales tan estimables como Antonio Deltoro, Fabio Morábito y Eduardo Hurtado. Con esto quiero decir que su trabajo métrico es de incuestionable sabiduría, que su temario es humilde y urbano y que su emoción escapa de toda grandilocuencia. “Sonora claridad”: estas palabras del poemario bastan sin duda para sugerir sus virtudes.



("Cuando abril amanece siendo enero" acaba de aparecer en el número 128 de la revista Crítica.)

28 de julio de 2008

Preguntas y respuestas: el Premio Aguascalientes

Todavía con fecha del año pasado (diciembre de 2007) pero ya entrado, en realidad, el año en curso, la revista Viento en Vela dedicó su número 10 al Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, y en particular a los autores y libros premiados entre 2000 y 2007, o sea Jorge Fernández Granados (Los hábitos de la ceniza, 2000), Jorge Hernández Campos (Sin título, 2001), Héctor Carreto (Coliseo, 2002), María Baranda (Dylan y las ballenas, 2003), yo mismo (Reducido a polvo, 2004), María Rivera (Hay batallas, 2005), Dana Gelinas (Boxers, 2006) y Mario Bojórquez (El deseo postergado, 2007). Reproduzco a continuación el pequeño cuestionario al que respondí por iniciativa de los editores de la revista; otros materiales del número en cuestión pueden leerse por aquí o por allá, sin salir de internet, como el artículo introductorio de Alí Calderón o la reseña de Hay batallas, de María Rivera, escrita por Balam Rodrigo (en versión condensada).



¿Consideras que con el formato actual del Premio Aguascalientes se premia el mejor libro o una trayectoria?

Ignoro de qué “formato” estemos hablando. En mi caso, yo no creo tener ninguna “trayectoria” que merezca ser premiada, como no sea la cicatriz de una trayectoria de arma blanca en la mejilla derecha. Ese cuchillazo accidental, por lo demás, me lo infligió mi hermano cuando él tenía cinco años y yo tres, de modo que no me considero autor ni responsable del estrago. Yo concursé por el Premio Aguascalientes dos veces; la primera fue cuando lo ganó Héctor Carreto, en 2002, y la segunda fue cuando lo gané yo mismo, en 2004. No creo, la verdad, que mi “trayectoria” se haya vuelto digna del premio en los dos años que transcurrieron entre mi primer intento, fallido, y el segundo, exitoso.

¿Qué libros ganadores consideras relevantes? ¿Por qué?

De los que han ganado el Premio Aguascalientes, mi favorito es La zorra enferma, de Eduardo Lizalde (1974). También me gustan o han llegado a gustarme mucho El ser que va a morir, de Coral Bracho (1981), Mar de fondo, de Francisco Hernández (1982), El cardo en la voz, de Jorge Esquinca (1990) y De lunes todo el año, de Fabio Morábito (1991). Si me parecen “relevantes” es por eso: porque los he leído, porque me han gustado y porque han sido importantes para mí, al margen de lo que puedan significar para la historia objetiva de la poesía mexicana, si tal cosa existe.

¿Piensas que Reducido a polvo resume tus búsquedas, que es el libro que puede representar tu poética?

No. Nunca se me ocurriría pensar en esos términos a propósito de ningún libro mío. Ningún libro de poemas tiene por qué resumir nada. Mi “poética”, por lo demás, no existe, o en todo caso no existe como entidad abstracta en mi cabeza ni como entidad concreta en mis libros. Si de mis poemas cupiera deducir alguna poética, tendría que ser algún lector quien la identificara, la entresacara bajo su propio riesgo y la formulara por su cuenta, no yo mismo.

¿Crees que de alguna forma el Premio Aguascalientes pueda legitimar una obra?

No entiendo la pregunta. ¿Cuál obra? ¿El poemario ganador o la suma de poemarios del autor premiado? Si es lo primero, es evidente que sí; pero se trata de una legitimación social, no estética. El premio no garantiza que a todos y cada uno de los lectores les gusten los poemas del volumen ganador. Si es lo segundo, no lo creo: por muy bueno que sea un libro, que se le dé algún premio no supone que otros libros del mismo autor vayan a gozar del mismo prestigio.

¿Consideras que se puede hacer una radiografía precisa de la poesía mexicana a través de los libros ganadores del Premio Aguascalientes?

No. De ninguna manera. Si la “poesía mexicana” de verdad existe como tal, cosa que dudo, tomarle una radiografía no puede limitarse a reproducir el palmarés de ningún concurso. Es más: dicha radiografía ni siquiera estaría completa si registráramos todos los libros de poemas escritos y publicados por autores de México, ganadores o no de concursos pequeños, medianos y grandes. El cuerpo de una literatura (y su esqueleto, por lo tanto: aquello de lo que daría cuenta la radiografía) es de muy difícil delimitación, y para formarse una idea más o menos cabal de sus contornos hay que tomar en cuenta los libros editados, por supuesto, pero también los libros de autores extranjeros o de otras épocas que se lean en el momento determinado que se quiera estudiar, traducidos o en su lengua original, importados o nacionales, así como las revistas, las antologías, la crítica directa e indirecta, las polémicas y controversias, el rol de las editoriales, el rol de la enseñanza formal e informal y algunos otros factores que sería iluso tratar de referir en esta breve respuesta.

14 de julio de 2008

Un poema de Saint-Denys Garneau


DESIERTO MUNDO IRREMEDIABLE

En mi mano
El cabo roto de todos los caminos

Cuándo fueron abandonadas las amarras
Cómo fue que perdimos todos los caminos

La distancia infranqueable
Puentes rotos
Caminos perdidos

En los bajos del cielo, cien rostros
Imposibles de ver
La luz interrumpida de aquí allá
Un gran cuchillo de sombra
Pasa por en medio de mis miradas

De este lugar desligado
Qué llamada de brazos extendidos
Se pierde en el aire infranqueable

La memoria que interrogamos
Tiene pesadas cortinas en las ventanas
¿Por qué pedirle nada?
La sombra de los ausentes no tiene voz
Y se confunde ahora con los muros
Del cuarto vacío.

Dónde están los puentes los caminos las puertas
Las palabras no surten efecto
La voz no surte efecto

Voy acaso a tomar impulso en este hilo incierto
En este hilo imaginario tendido en la sombra
Encontrar quizás los rostros escamoteados
Y darme un gran golpe sordo
Contra la ausencia

Los puentes rotos
Caminos cortados
El comienzo de todas las presencias
El primer paso de nuestra compañía
Yace quebrado en mi mano.


(Este poema forma parte de Todos y cada uno. Poemas / Tous et chacun. Poèmes, libro recopilatorio de casi cuatrocientas páginas en el que, para decirlo familiarmente, poquito me faltó para traducir toda la poesía del clásico poeta quebequense Saint-Denys Garneau, nacido en 1912 y muerto en 1943. La edición, bilingüe y, a mi modo de ver, estupenda, corrió a cargo de Arlequín, en Guadalajara, y Écrits des Forges, en Quebec.)

16 de junio de 2008

Coto de caza

Descubrí corazones
en el follaje de la higuera,
desigual en el verde,
negro definitivo a la distancia.
Dos o tres eran pájaros
que se abrieron de golpe, como frutos,
y agitaron las ramas al erguirse
dando voces de alarma o de victoria.
Los demás palpitaban sin angustia,
sin despecho, sin ira
ni más alteración que la del viento.

No hizo falta grabarlos en el tronco
ni teñir sus latidos
con el pigmento de la savia:
ya estaban engastados en la sombra,
ya el volumen del aire
los alzaba, invisibles, contra el resto del mundo.
El tiempo no les importaba.
Nunca me hubieran presentido
—aromas, nervios, músculos de noche—
de no ser por tu sueño, que se fue deslavando,
y nuestras iniciales al margen de la estampa.



("Coto de caza" está en el más reciente número, el 52 de la nueva época, de la Revista de la Universidad de México.)

28 de abril de 2008

Olvidos

y había un país entre la vida y la muerte
JUAN GELMAN

Hay un país entre la espera y el fuego.
Un largo territorio, como playas.
El cielo se carga de gaviotas, y esa nube
parece recordarte.

Hay un país entre las naves y el puerto.
Cuando vives en él, eso te han dicho,
el agua bebe de tu mano
y se mece tu cama bajo la respiración de los tigres.

Hay un país entre los muros
de la sangre y la huella
impar del trueno. Ante la vida
y la muerte, la viva

imagen de todo lo que un tiempo
fue las nubes, el agua, las gaviotas.



("Olvidos" es uno de los poemas que forman La cercanía, libro mío que apareció en 2000 y que ahora, en 2008, Écrits des Forges y Ediciones Arlequín acaban de recuperar en edición bilingüe. Por cierto, vale la pena visitar la nueva página de Arlequín en internet: www.edicionesarlequin.com.mx.)

3 de abril de 2008

El grano incandescente


De los numerosos poemas que Octavio Paz escribió en la India, sin duda el más antiguo es “Mutra”, quinto de los nueve que forman La estación violenta (1958). He aquí el versículo final: “Y hundo la mano y cojo el grano incandescente y lo planto en mi ser: ha de crecer un día”. Aparecen, después, un topónimo y una fecha: Delhi, 1952.

Donde se hunde aquella mano es en los “restos negros” de una ciudad en ruinas, en sus “algas acumuladas” y “aguas somnolientas”, en el cascajo de sus “torreones demolidos” y “cámaras humeantes”, en las “naves ardiendo” y las “últimas imágenes” de una realidad “que agoniza”. Tratándose de Paz, ya casi es natural dar por sentado que semejante devastación conlleva una semilla o promesa: la de un segundo nacimiento. Éxtasis y profanación, diría el poeta: Mutra es el nombre de una ciudad sagrada (Mathura) y es también la palabra que significa “orina” en sánscrito.

Cuando escribió “Mutra”, Paz desempeñaba el cargo de segundo secretario de la embajada mexicana en la India, cuyo titular era Emilio Portes Gil. A los pocos meses le fue conmutado el puesto por otro en Japón. Pasaron luego diez años, con otros viajes y trabajos, y en 1962 Paz fue nombrado embajador en la India. Como es bien sabido, Paz renunció a ese cargo en 1968 a raíz de la matanza de Tlatelolco. Concluyó así un lapso de seis años en los que Paz publicó una impresionante sucesión de libros: de poesía el primero (Salamandra, de 1962) y de pensamiento estético, crítica literaria y pictórica y divulgación antropológica los posteriores (Cuadrivio, de 1965; Puertas al campo, de 1966; Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo, de 1967; Corriente alterna, también de 1967, y Marcel Duchamp o el castillo de la pureza, de 1968). Del mismo periodo son sus traducciones de Fernando Pessoa (1962) y el prólogo a Poesía en movimiento (1966).

Pero el auténtico “ciclo hindú” de Paz únicamente se completa con la suma de otros cuatros libros, ya porque suponen rememoraciones del paisaje y las costumbres del subcontinente (así ocurre con Vislumbres de la India, de 1995, y con ese libro anterior, en todo punto extraordinario, cruza de sueño y crítica, de alucinación y ensayo, de poema en prosa y novela: El mono gramático, de 1974), ya porque fueron escritos, en parte o del todo, en la India, pero editados un poco después de la dimisión a la embajada. Este último es el caso de Conjunciones y disyunciones, de 1969, y de Ladera este, del mismo año. En cuanto a la publicación de Ladera este, cabe decir que había sido precedida en 1967 por la edición artesanal de Blanco, poema extenso que vino a constituir, con algunas adaptaciones tipográficas, la tercera y última sección del poemario.

En el undécimo tomo de las Obras completas de Paz, los tres apartados internos de Ladera este aparecen como tres conjuntos autónomos: “Ladera este” (1962-1968), “Hacia el comienzo” (1964-1968) y “Blanco” (1966). Cada serie, por lo tanto, debe ser entendida en su especificidad: el amor físico y la memoria individual son los temas de “Hacia el comienzo” así como el registro epigramático de la experiencia cotidiana y un diálogo particular entre las culturas de la India, México, Estados Unidos y Europa son las constantes de “Ladera este”. Lo cierto es que tales demarcaciones tienen significado apenas en lo anecdótico: el sentido genuino de Ladera este no está en las fronteras más o menos arbitrarias que Paz, en tirajes diferentes, le haya impuesto al volumen, sino en la peculiar y expresiva cohesión que los poemas de los tres conjuntos pactaron entre sí en dos ediciones cruciales: la primera, ya se ha dicho, de 1969; la cuarta, sensiblemente corregida, de marzo de 1984.

Así las cosas, Ladera este no es un libro técnicamente uniforme, pero sí unitario y coherente. Lo que Manuel Durán llamó en alguna ocasión “el carácter desorbitado e inclusivo de la vivencia oriental” aparece con absoluta claridad en los poemas de mayor ambición y longitud que hay en el volumen: “El balcón”, “Vrindaban”, “Viento entero”, “Cuento de dos jardines” y, por supuesto, “Blanco”, todos ellos ágiles y, por así decirlo, curvilíneos, rotatorios, incluso agitados. Yo, sin embargo, he preferido siempre los epigramas de un par de series alternadas, “Himachal Pradesh” e “Intermitencias del Oeste”, y algunas breves maravillas en forma de miniatura japonesa o revelación taoísta contenidas en “El día en Udaipur” o “Maithuna”. Ello me ha condicionado —ahora lo percibo— a leer los poemas extensos como si, en el fondo, fueran encadenamientos de piezas breves. Hoy puedo afirmar que la programación más o menos ingenieril de “Blanco” no me sorprende ni me conmueve. Ciertos pasajes, anotaciones veloces y descripciones al vuelo en esos mismos poemas de varias páginas me resultan, en cambio, inestimables, como este retrato de un grupo de mendigos en “Vrindaban”:
Pórtico de columnas carcomidas
estatuas esculpidas por la peste
la doble fila de mendigos
y el hedor
rey en su trono
rodeado
como si fuesen concubinas
por un vaivén de aromas
puros casi corpóreos ondulantes
del sándalo al jazmín y sus fantasmas

Mucho se dijo hace años, por mezquindad o por haraganería, que lo mejor de Octavio Paz había que buscarlo sólo en sus libros de poemas (o sólo en sus traducciones, o sólo en su crítica de pintura, o sólo en sus polémicas de articulista político: el aspecto a privilegiar variaba según el sabio en turno que intentaba orientar la perspectiva). El ciclo hindú es la mejor prueba de que a Paz, antes bien, hay que leerlo en diagonal, incluso en zigzag: de los poemas a los ensayos críticos y de la prosa de combate a las divagaciones más o menos autobiográficas e introspectivas. Libro diurno, germinación del “grano incandescente” sembrado, años atrás, en “Mutra”, Ladera este de algún modo es el eje felizmente inestable (“Ando perdido en mi propio centro”) de dicho ciclo.



("El grano incandescente" acaba de aparecer en el número 112 de Letras Libres, correspondiente al mes de abril en curso.)

15 de marzo de 2008

Ville de La Ciotat

a Marcel Schwob, de camino a Samoa


1

Estoy nada más viendo los pelícanos.
De pronto

el ansioso aguijón de la mañana
les perfora el cráneo, y ellos se dispersan
a cribar en sus picos el oro de la espuma.

Y como el faro vagó toda la noche
por un bosque perplejo, los pelícanos
desamarran las anclas y avasallan la costa

y dejan que el mar se hunda bajo el cielo,
de pronto.


2

El trazo de las nubes,
el acero que afila sus contornos—
cada nube salva su imagen
como el ave que salva una distancia
y encuentra un ave igual del otro lado.

La imagen crea el espejo,
y en las tardes lluviosas
todo cristal hace del vaho
una presencia.


3

Izan las velas.

Abordan el agua con la suavidad de un insecto
y al penetrar la rada se agitan como párpados.

Un destello de bronce, una luz de plumajes los congrega.

Nos dan a probar carne de pescado,
guirnaldas que apresan el inventario de las flores,
plátanos verdes.

Sus mujeres traen el pecho desnudo
y el aire, William Hodges, anuncia el color de las naranjas.


4

Espero que mis manos toquen cualquier cosa.

La tierra de las plantaciones,
el atareado rumor de las fábricas
y el idioma infinito que anudan las arenas
han tejido con su tersura y con su ira
un par de guantes que no encuentran mis dedos.

Pero los hombres duermen, y en sus caras
flota la sal de un mar que no le sirve al día,
la mejilla cortada de un hibisco
que sólo despierta sus legiones cuando el hielo se funde.
Esa flor, esos rostros de sal me miran por la noche.

Espero con las manos
rozar la orilla de otras manos.



(Acaba de aparecer, en edición bilingüe, de Quebec y Guadalajara, mi libro La cercanía, cuya edición original databa del año 2000. La publicación me da pretexto para retomar este poema y, haciéndolo, rendir homenaje nuevamente a Marcel Schwob y a su modelo de viajes y relatos, R. L. Stevenson. En cuanto a William Hodges, he aquí otro de sus bellos paisajes meridionales. Uno más, mi favorito, figura desde hace varios meses al pie de mi blog.)

11 de febrero de 2008

Calzar del 30

Mis pies miden treinta centímetros
y los de mi hermano el mayor treinta y dos.

RICARDO CASTILLO

Nadie que no calce del 30
sabe lo que significa estar solo.
Puede constatarse.
A las tiendas
llegan diez, quince pares de zapatos
de cada una de las otras tallas
y sólo un par del 30, y eso
porque los pies vienen de a dos
y nadie compraría un zapato solo
si así se lo vendieran.

Aunque yo sí lo haría.
Pagaría siete veces el izquierdo
en espera del par,
y el derecho, negado siete veces
y siete por setenta
imaginado,
se me presentaría en el sueño
como un padre,
como un ancestro de talones anchos
y empeines desmedidos,
como el pie y el zapato al mismo tiempo,
y me ataría con sus cordones
de la mano
para llevarme a donde hubiera gente
de pasos y pisadas comprensibles.

Calzar del 30 no da risa.
Tampoco es ningún drama.
Pero a veces hay directorios telefónicos
tirados en la calle
con datos de otras eras
o del armario salen cajas
de comercios que fueron liquidados
y uno se ve los pies, los interroga,
un poco los levanta con prudencia
y vuelve a dar con ellos en el suelo
y no adivina cuándo ni en qué sitio
hayan servido, hayan sido comunes,
hayan cabido en calcetines
o hayan roto invaluables corazones.



("Calzar del 30" se publicó en el número 14 de la revista Reverso.)

16 de enero de 2008

Palomas

Levanté la cabeza
y, al paso de las campanadas,
quise contarlas de una en una.

Conté cincuenta y cuatro
en cornisas y alféizares
y alambres de la luz.

Ya estaba oscuro,
por lo que habría cincuenta más
en los rincones, escondidas

o a punto de nacer, en huevos
rayados por el humo.
Los que venían a misa

ponían sus coches donde fuera
y en la plaza, cuadrada como siempre,
circulaban los ecos apagados

de un tiempo sin palomas, que dormían:
de un campanario a solas:
de cincuenta silencios o escondites.



("Palomas" apareció en el núm. 8 la revista Cultura Urbana, enero-febrero de 2006.)

10 de diciembre de 2007

Ginés de Pasamonte y el arte del ensayo

a Teresa, que lo ha dicho mejor que yo

Parece un hecho incontrovertible que, al menos entre comentaristas y teóricos rutinarios, desde siempre se ha visto en el ensayo el género de la exposición personal, el autorretrato sincero y la meditación en primera persona. Con todo, si bien la nota liminar de los Ensayos tiene la forma de una despedida (“yo mismo soy el tema de mi libro, y no hay razón, lector, para que emplees tus ocios en materia tan frívola y vana. Adiós, pues”), el adiós que Montaigne pronuncia responde más al propósito de invitar, atraer e incluso seducir que, desde luego, al de disuadir a sus posibles lectores de seguir adelante. Desde una perspectiva histórica, no metafísica, el ensayo nace como género literario gracias a un doble gesto de repudio a la ficción (a la “mentira”) y de aprovechamiento de la misma: diciendo, con significativa falsedad, que no le interesa mostrarse hospitalario con sus lectores, Montaigne les abre las puertas de su libro. De ahí que los mejores ensayistas, al igual que los mejores autobiógrafos, admitan por lo regular —anunciándolo al comienzo de sus obras, como el propio Montaigne o como Rousseau— que no alcanzarán a razonarlo todo, ni a mostrarse del todo como en verdad son, y que sin duda mentirán de cuando en cuando (inofensivamente) por mala memoria o por decencia.

Es posible que, así como suelen clasificarse las religiones entre naturales y reveladas, así también alguien haya dividido ya los géneros literarios entre los naturales o arcaicos (el cuento, la poesía lírica, el teatro) y los revelados o modernos (la novela, el ensayo). En todo caso, lo común es afirmar que ninguna civilización, rudimentaria o avanzada, carece de obras de teatro, cuentos o poemas, mientras que sólo algunas —las presuntamente avanzadas, por supuesto— han conocido el ensayo y la novela. Se trata, como es natural, de una creencia típica del siglo XIX, fundada no tanto en la necesaria interpretación de los comportamientos artísticos de la humanidad como en el prurito ansioso de no asemejarse por ningún motivo a los pobres ni a los enfermos del mundo. Sostener que los novelistas y ensayistas del Renacimiento, y casi nada más que Cervantes y Montaigne por cuenta propia, descubrieron sendos continentes literarios y los patentaron de frente a la modernidad, implica ignorar que una revolución afín a la del Quijote y los Ensayos, pero esta vez en el campo de la poesía, los había ya precedido en las obras y el pensamiento de los trovadores provenzales y de sus primeros discípulos, los poetas florentinos del dolce stil nuovo (y ello sin que se dejara de pensar que la poesía lírica existía desde la noche de los tiempos).

Digo lo anterior —acaso con demasiada rapidez— únicamente para observar que los valores de la individualidad en la expresión, la sinceridad introspectiva en el tratamiento de las emociones y la presentación en primera fila del artista como sujeto de su propia obra no deben considerarse patrimonio exclusivo del ensayo como género ni de los ensayistas como escritores concretos. Y quiero subrayar que hablo aquí de valores, o sea de ideales, no de realizaciones efectivas. Vuelvo a la nota liminar de los Ensayos, donde se hace notorio que a Montaigne no le basta con saberse único en tanto individuo: antes bien, al persistir en el uso del pronombre yo, así como al esforzarse por trascender la naturaleza retórica del , que se refiere a su lector en potencia, el ensayista debe incluso fingir que no se concede a sí mismo el relieve de los temas literarios en verdad importantes y, más aún, que preferiría que su lector cerrara el volumen y se olvidara de quien escribió su contenido. Huelga recordar que, al menos en los diccionarios de uso común, la ficción es definida como “acción y efecto de fingir”, con lo cual habría suficientes razones para leer a Montaigne como si se tratara de un autor de ficciones.

No alego, por supuesto, que Montaigne mienta de forma sistemática ni entiendo siquiera que lo haga en partes decisivas de su gran libro. Me limito a señalar que, llegada la hora de poner en práctica determinadas estrategias de convencimiento, incluso el ensayista debe, por así decirlo, retocar los datos de la realidad, ordenarlos en función de sus propios intereses, realzar algunos, omitir otros, y comprender al cabo que la realidad apenas mencionada será lo que se quiera, menos un mero sinónimo de la experiencia (ni mucho menos de la verdad). Cuestión, ésta que aquí reduzco al género del ensayo, que conduce directamente a la naturaleza —si no es que a la esencia misma— de la novela. Yo sospecho, por ejemplo, que al darle a uno de sus libros el título de La verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa comete un error que no repite Antonio Muñoz Molina cuando, años después, recoge una serie de conferencias y las titula La realidad de la ficción. Suponer que los novelistas (o los dramaturgos, o los poetas) dicen mentiras cuando escriben, y que lo hacen para decir la verdad a fin de cuentas, es abusar de un esquema que de tan simple acaba no significando lo que se pretende. Percibir, en cambio, que de la ficción, o sea del fingimiento (“El poeta es un fingidor…”), se deriva una forma de realidad que, lejos de ocultar al mundo en su complejidad, lo revela y lo explica, es mucho más estimulante.

Traigo a colación ahora un episodio famoso del Quijote. Al aproximarse a la Sierra Morena, en el capítulo 22 de la primera parte, don Quijote y Sancho se topan con aquellos galeotes que más tarde, tras haber sido quién sabe si heroica o sólo violentamente liberados por el Caballero de la Triste Figura, se mostrarán ingratos con su alucinado redentor y lo humillarán a fuerza de pedradas. Antes de su liberación, sin embargo, los galeotes habían accedido a narrar el motivo de sus prisiones al protagonista de la novela, y es en ese contexto donde Cervantes introdujo al formidable Ginés de Pasamonte, “hombre de muy buen parecer, de edad de treinta años, sino que al mirar metía el un ojo en el otro un poco”. Dicho personaje se presenta diciéndole a don Quijote: “sepa que yo soy Ginés de Pasamonte, cuya vida está escrita por estos pulgares”, y al poco tiempo asegura que su vida, es decir: su autobiografía, “trata verdades […] tan lindas y tan donosas que no pueden haber mentiras que se le igualen”. Más aún, cuando se le pregunta si su libro ya está concluido, Ginés responde: “¿Cómo puede estar acabado […] si aún no está acabada mi vida?”

Es cuando menos llamativo que, para Ginés, la buena hechura de su libro sea indisociable de que no esté acabado, pero también de las “verdades” que trata en él y de la belleza y donosura de tales verdades, contra las cuales no hay mentiras que valgan. Verdad, belleza expresiva y belleza moral de la obra inacabada (que, para colmo, es en su caso un relato autobiográfico) son, por lo que puede verse, los componentes del ideal poético de Ginés. En el marco de la obra en proceso por excelencia, el Quijote, que finge ser al principio no más que un rescate o glosa de papeles de archivo y autores arrumbados, y después la traducción en marcha del relato escrito en árabe por Cide Hamete Benengeli, historiador “arábigo y manchego”, es obvio que las virtudes enfatizadas por Ginés en la descripción de su libro en cierta forma son también lo que Cervantes mismo, así fuera irónicamente, juzgaría signos o pruebas de calidad estética. Irónicamente, digo, porque las presumibles aspiraciones literarias de Ginés podrían tal vez corresponderse con las del novelista o, por el contrario, ser su reflejo invertido: con tal de censurar el hábito de leer novelas de caballería, Cervantes escribió la mejor de todas, y con tal de reprobar la mentira fingió estar narrando la verdad, y con tal de criticar determinado concepto de obra hizo como si la suya careciera de límites precisos y pudiera extenderse más allá de toda proporción razonable. Así, cuando Ginés enaltece la verdad —y está claro que se trata de un ladrón embustero—, Cervantes puede lo mismo estar suscribiendo su elogio que ridiculizándolo. Y cuando Ginés, con absoluta certidumbre, mide la belleza de sus verdades con la vara de las mentiras que acaso pudieran competir con ellas, aunque sin éxito, Cervantes arroja quizás un mínimo de suspicacia y duda sobre las presuntas “verdades” que pudiera contar un pillo y, sin abandonar el sitio que se ha reservado en la sombra, se pregunta si no vale más fingir dentro de la fábula en beneficio de una posterior verdad —una verdad última o revelada, se diría— en lugar de vanagloriarse con verdades apenas aparentes y al final resultar un impostor.

Porque, después de todo, Ginés resulta en efecto un impostor. Ya en la segunda parte, habiéndosele achacado el misterioso robo del asno de Sancho, Ginés reaparece bajo el disfraz de maese Pedro y, sin que ninguno de los personajes llegue a reconocerlo en su verdadera identidad, impresiona con dolo a don Quijote haciéndole creer que su mono amaestrado es capaz de adivinar los acontecimientos pasados y presentes de las vidas del caballero y de su acompañante. Lo cierto es que maese Pedro no hace más que aprovechar los conocimientos adquiridos bajo su auténtica personalidad (la de Ginés) manipulándolos a cubierto de su nueva y falsa caracterización. En síntesis, Ginés oculta que sabe la verdad a propósito del Quijote y alimenta con ello la ficción encarnada en maese Pedro, presunto adivino. Su castigo, para decirlo de alguna manera, le llegará poco después, cuando represente con marionetas la historia de Melisendra y Gaiferos y termine sufriendo las consecuencias de narrar semejantes ficciones en presencia de don Quijote, quien destruirá las figurillas con todo y escenario, anteponiendo su vocación de caballero al más elemental sentido de la realidad. En efecto, si Melisendra y Gaiferos (así sea en forma de marionetas) corren peligro de ser atrapados y maltratados por el rey moro de Zaragoza, don Quijote debe cumplir con su obligación de protegerlos. Por lo demás, habiendo antes caído en las trampas del presunto mono adivino, el de la Triste Figura tiene una coartada para desconfiar de las apariencias, creer incluso en lo inverosímil y, por muy desequilibrado que parezca, conducirse al interior de la ficción como si se tratara de la más firme realidad: “a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra”, dirá ya más apaciguado.

Yo entiendo el arte del ensayo dentro de las coordenadas que, sin proponérselo, Ginés de Pasamonte va marcando con sus acciones. Defensor en principio de las formas autobiográficas por encima de las novelescas, y convencido por ello mismo de su propia veracidad, Ginés acaba disfrazándose de titiritero, esto es: de narrador, y echa mano de lo verdadero al representar hechos ficticios. En cierta forma, el mono parlante de Ginés puede compararse con los personajes de los novelistas, que saben hacer como que hablan para que su adiestrador ponga en ellos las palabras, los conocimientos y las intuiciones que ha ido atesorando con la experiencia. Siglos antes de que las editoriales y los publicistas del orbe anglosajón dividieran los libros entre los que son de fiction y los que son de non fiction, ya Miguel de Cervantes había criticado ese presunto divorcio. Y es que la introspección, así como el discernimiento, la inducción y la deducción, la demostración, la observación del mundo hasta en sus menores detalles (o empezando por ellos) y, en suma, las características que rutinariamente se atribuyen al arte del ensayo, como si nada más al ensayo pudieran corresponder, en el fondo son características también de la buena ficción y de la buena poesía, géneros que a su vez no aceptan definirse con arreglo a la supuesta separación entre lo acontecido y lo imaginario, lo verdadero y lo falso, lo real y lo irreal.

Al disuadir a sus lectores de leer su libro, Montaigne les guiña en realidad un ojo. Los instrumentos de la ficción comienzan entonces a colaborar sin remordimientos en el examen de la verdad.



("Ginés de Pasamonte y el arte del ensayo" se publicó en la revista Luna Zeta, núm. 21, diciembre de 2005-enero de 2006. Lo publico ahora en mi blog porque apenas la semana pasada recibí ejemplares de la revista mencionada. Más vale tarde... Este post, además, viene a ser el número 100 del blog, que debe andar en su cuarto año de vida. La ilustración es obra del pintor español Eleazar.)

12 de noviembre de 2007

La música por dentro

Intenté componer obras de cámara
para guitarra Martin, acordeón,
armónica, tarola, órgano Hammond,
y fue pasando el tiempo de mi vida.

Me sugirieron contrabajos, flautas,
fiddle, banyo, maracas, regimientos
de cornos y trombones y cantantes,
y en mi vida sonaban los minutos.

Añadí letras dignas de una ópera:
libretos avivados por el coro,
fogatas incansables, holocaustos.

Y mi vida fue menos que un silencio
pactado entre dos notas, y el suspiro
del que intenta silbar y no lo logra.



("La música por dentro" es el poema final de Trece, breve cuaderno de sonetos falsos que acabo de publicar en LunArena, editorial poblana.)

4 de noviembre de 2007

De monumentos

Por las avenidas de la Guadalajara de siempre, de la Guadalajara céntrica, de la Perla estrictamente occidental, no suburbana, transita un pintoresco turibús cuyo chofer, si algún camión del servicio público se aletarga en el carril derecho, embraga la tercera velocidad y se lanza valientemente a circular por los carriles medianeros. Pero ése no es el tema. El tema, todo él conjetural, es lo que irán oyendo los pasajeros de tan simpático transporte. A ver: “A su derecha, ya que no a la diestra del Padre, la Catedral, envuelta en humo negro”; y también: “Señoras y señores… con ustedes, ¡la Minerva!”; e incluso: “Adelantito del turibús, y casi se diría que incrustado en su defensa delantera, semejante a un simple amasijo de fierros retorcidos, el coche de un señor con cara de aquí se me acabó el fin de semana…”

En efecto, el coche de adelante del turibús ya no se debe contar (no por un tiempo, cuando menos) entre los “vehículos en activo de la entidad”, por mucho que luzca enfáticos letreros de “no al placazo” (no con zeta, sino con ese: todo hay que decirlo). Mientras llegan los ajustadores y el agente de la Secretaría de Vialidad, ¿qué les dirá el guía del turibús a sus decepcionados pasajeros? Conviene acercarse a oírlo: “El placazo no es otra cosa que la frustrada iniciativa del Gobierno estatal por imponer un canje de placas obligatorio a cambio de $1,200 por vehículo… Por otro lado, escribir consignas más o menos políticas en la ventana trasera de los coches, valiéndose para ello de un cartucho de tinta blanca originalmente concebida para teñir zapatos de médico, es una de las costumbres más arraigadas de la dinámica sociedad tapatía…”

En cuanto a las tres últimas palabras, es obvio que se trata de una exageración, como todo lo que dicen los guías de turistas. Qué dinámica ni qué nada. ¿No miraron hacia otra parte los automovilistas de la ciudad cuando se impuso, hará un par de meses, el llamado Viaducto López Mateos, injusto y dañino desde la perspectiva de peatones, usuarios del transporte público, vecinos y comerciantes del área? ¿Reaccionaron como el gremio que no son cuando se le prometieron a la ciudadanía, en las campañas políticas de hace un año y medio, cientos y cientos de obras y más obras viales costosísimas? ¿Han cerrado filas para imponerle algún freno a las maras de camioneros y minibuseros que ponen en riesgo a propios y extraños, amén de contaminar y desquiciar la ciudad?

Alguno de los mirones formula una pregunta extraña: ¿cuánto pesa un juego de placas? Pero no. Las placas de Jalisco habría que canjearlas de inmediato, pero no para venderlas al kilo y obtener con ello alguna ganancia financiera, sino para fundirlas y erigir monumentos en homenaje a los verdaderos próceres de la localidad. Una estatua de mil cabezas en honor del Automovilista Cívico, por ejemplo. Y otra de dos millones de cabezas en honor de los $2’000,000 anuales de sueldo que, como mínimo, cobra el Gobernador del Estado.



("De monumentos" apareció el día de hoy en Mural.)

8 de octubre de 2007

Doble sentido

Al ritmo que va el mundo, si es que a esto puede llamársele mundo, en poco tiempo sólo el gobierno de Israel será capaz de comprender y asesorar a Emilio González Márquez y a su secretario de Vialidad, José Manuel Verdín Díaz. Este último debe ser considerado el principal artífice —ya que no el principal responsable, mérito que corresponde a su jefe y máximo valedor— de la barbaridad imperdonable, pero nada original, que desde hace un par de semanas lleva el nombre de Viaducto López Mateos. El razonamiento es apabullante: ya que toda luz roja es culpable de frenar el incansable flujo de vehículos que da fama y justificación a la vía referida, nada mejor que trocarlas todas por luces verdes, y que Berlín Oeste se vaya despidiendo de Berlín Este, o la terrorífica Zapopan de la espantosa Guadalajara.

Barbaridad nada original, decía yo, porque resulta que los políticos de Kadima, visionario partido en el poder en Israel, han decidido emular a su entrañable fundador, el hoy vegetativo Ariel Sharon, y se han puesto a elevar muros divisorios entre su país y los numerosos enemigos de toda la vida, internos y externos, con tanta puntería que han terminado por edificarse una pared entre la mitad o hemisferio derecho del cerebro y la otra cavidad, también hueca, del hemisferio izquierdo. En efecto, el reportero español Juan Miguel Muñoz, en El País del pasado 10 de septiembre, informa que, al este de Jerusalén, el gobierno israelí está por terminar “una carretera, que unirá Ramala con Belén, propia del régimen del apartheid. En uno de sus lados circularán los israelíes”, explica; “en el otro, segregados por un muro, los palestinos. Los primeros podrán salir a cualquier pueblo o ciudad; los segundos, no”. Lo que no señala Muñoz es quién deberá circular por los carriles laterales, ya que los del centro son los que siempre acaban congestionándose, tanto en vialidad como en política.

Valga la digresión: a los narradores les fascina contar el cuento del doble o Doppelgänger, a tal grado que no hay escritor de ficción con cierta notoriedad, cuentista o novelista, que no lo haya hecho aún. Está un señor en su casa, tranquilo, y sale un rato a la calle (a comprar las tortillas, póngase) y ese rato le sirve para constatar que hay otro señor idéntico a él, y que además es él, que anda también por la calle, y que ha salido a comprar tortillas, y que se nota muy angustiado porque acaba de verse a sí mismo del otro lado de la calle. Tal es el doble, y a propósito de la palabra germana Doppelgänger nos ilustra la Wikipedia: “Significa, en lo esencial, compañero de caminata, o sea la persona que anda paso a paso con uno”.

El caso es que Verdín y Emilio parecen ver dobles o fantasmas por todas partes, y han echado mano del ejemplo israelí para segregar (con ese muro de alta velocidad que será López Mateos) a los de allá con respecto a los de acá, sin antes preguntarse de qué lado quedarán ellos cuando se grite: “¡Sálvese quien pueda!”



("Doble sentido" apareció ayer en Mural.)

24 de septiembre de 2007

Tres poemas en Crítica

CÓMO LEER ESTE POEMA

Para empezar, acepte que ya existe.
Nada lo desprograma ni lo altera.
Ignorarlo es posible, como todo,
pero estos cuatro versos ya están dichos.

Otros poemas le hablarán del mundo;
los más, de la palabra y el silencio.
Éste no tiene cómplices ni amigos:
Lope de Vega ya no viene al caso.

Recórralo de golpe. No le crea;
no le dé ni trabajo ni dinero.
Desóigalo si llora: está burlándose.

Con todo, compadézcalo (a distancia):
más que autor, tiene dueño; es un esclavo.
Lo escribí contra usted, y buen provecho.



SONETO EN QUE SE HACE TARDE

Vieja, menesterosa claridad
que al envolver al día, ya en las últimas,
lo desnudas más bien y lo traicionas,
¿me seguirás negando hasta el saludo?

Féretro de ti, resto de tu muerte,
calavera de un sol vuelto Saturno,
apagada, inservible claridad:
sigo siendo tu hijo, y tú mi hermana.

Resistir la crudeza de otra noche
parece, amiga, fuera de tu alcance,
muy lejos de tus uñas corroídas,

y a solas con tu sombra o tus despojos
me atrevo a preguntarte, luz, recuerdo,
si al menos hoy pronunciarás mi nombre.



FIN DEL INVIERNO

Junta el aire las hojas en mi contra,
las agrupa en estrictos batallones
y, al ordenar su furia, va dictando
la victoria del humo contra el día.

Si polvo es lo que soy, soy esta noche
giratoria, imprevista, codiciosa
detrás de cuyos dedos astillados
una cara se oculta, o ya no es cara.

Pero ese mismo círculo de viento
da vueltas enseguida, y me desmiente,
y aparezco de nuevo en su perímetro.

Si polvo es lo que soy, que no lo creo,
tras el polvo estás tú, sol que regresa,
renacida figura de la tarde.



(En el número 123 de la revista poblana Crítica, correspondiente a los meses de septiembre y octubre del año en curso, aparecen estos tres poemas míos, adelanto de una plaquette que se publicará el mes entrante, también en Puebla.)

27 de agosto de 2007

El furor: entre Cristo y Dionisos

Rubén Gil, El furor, presentación de Víctor Manuel Pazarín, Guadalajara: Emprendedores Universitarios, 2005, XXI pp.

Según el Breve diccionario etimológico de la lengua española, de Guido Gómez de Silva, el sustantivo furor significa “cólera, ira” e incluso “vehemencia”, y viene sin modificaciones (en lo morfológico) de la palabra latina furor, nombre deverbal derivado del verbo furo, -es, -ere, furui, o sea “estar loco”, y “delirar” y “rabiar”. Desde mi débil perspectiva, que da lugar a observaciones un tanto azarosas y no descansa, desde luego, en el conocimiento del griego ni en la menor erudición a propósito de la cultura grecorromana, furor es una de las dos palabras con que los romanos tradujeron el concepto griego de manía (la otra es, literalmente, manĭa). En todo caso, furor —tanto en latín como en castellano— es una voz muy estrechamente vinculada con la demencia y el delirio, y también con el arrebato de la inspiración poética y con el entusiasmo místico.

Vale recordar que μανία (manía, en griego) era un término referido al delirio dionisiaco y a la separación con respecto a sí mismo que, a partir de cierto momento, el oficiante de la celebración báquica experimentaba. Literalmente maniático, furioso, inspirado y violento, el sacerdote o la sacerdotisa del culto a Dionisos eran, por otro lado, seres extraños o en definitiva extranjeros en el ámbito de la polis: recuérdese que los mitos atribuían siempre a Dionisos una remota procedencia, y la religión misma de sus adeptos era juzgada inasimilable por sabios como Aristóteles, que llegó al extremo de recomendar en su Política la proscripción de la música de flautas por considerarla propia del extravagante dios vinicultor y, en consecuencia, impropia de toda ciudad ordenada. El esquema de interpretación, con todo esto, puede considerarse dado: la manía dionisiaca, de orden místico-religioso, es furor, y el furor es, además de locura y violencia, rapto lírico. En mi opinión, El furor de Rubén Gil (Guadalajara, 1972) debe leerse atendiendo las anteriores implicaciones del sustantivo que le da título.

Por lo demás, entender El furor no es nada fácil. Leerlo sí lo es, cuando menos en cuanto a la rapidez de la lectura, porque se compone de apenas quince poemas no titulados, el más extenso de los cuales consta de veintidós palabras. Tales palabras, por añadidura, componen cada una un verso. Dicho de otro modo, ningún verso de ninguno de los poemas de la serie cuenta con más de una palabra, peculiaridad que orienta secretamente la naturaleza de todo el conjunto. El hecho de que ninguno de los versos contenga sino una palabra, en efecto, inculca, en quien vea de golpe cualquiera de los quince poemas de la plaquette, una sensación de pura verticalidad (y quien dice verticalidad, por lo que ya se verá, dice también dislocación). Es fácil observar, con argumentos primarios de pura tipografía, que Rubén Gil tiene ciertas afinidades con el Efraín Huerta de los poemínimos y, como este último, con E. E. Cummings y con algún otro poeta de lengua inglesa. Gil, cabe anotarlo, ha traducido a Cummings y a Gertrude Stein, de quienes ha heredado acaso el tono de sonambulismo esclarecido y hermético, ya que no la sintaxis (poliédrica y sinuosa en Cummings y Stein, recta en Gil). Con respecto a los poemínimos, no percibo ningún otro parentesco entre Huerta y Gil más allá de la versificación minimalista. En los poemínimos, toda opacidad perturba en la medida que las frases hechas, más que desmontadas, tienden a ser desvestidas y expuestas bajo una luz directa y humorística; en El furor, la opacidad es una de las constantes del poema, y casi se diría que una de las armas preferidas del poeta, resuelto a figurar en su obra en forma de voz alucinada y conciencia entrópica.

En un principio, los poemas de Gil parecen máximas o aforismos, con lo que hay de severidad, aplomo y deliberación en el aforismo y en la máxima. He aquí, por ejemplo, el primero de los quince:
disiparon
los
frutos
de
la
tierra
&
un
eclipse
bautizó
el
altar

he
aquí
el
cristianismo

De haberme conformado con mi primera lectura, yo habría dicho que, más que un poema, el texto leído era un esbozo filosófico y, aunque de contenido no muy claro, sin duda una especie de sentencia o apotegma cuyo texto había sido desprovisto de puntuación y seccionado en renglones de una sola palabra. Sin embargo, al avanzar en El furor, fui notando —he ido notando— que los poemas, en apariencia vinculados con ciertas formas de prosa categórica y sucinta, en realidad son todo lo contrario, y están escritos en versos mínimos porque su linealidad no es horizontal ni sucesiva, esto es: porque su disposición mental e interna no sólo es otra que la disposición de la prosa, sino que se le opone hasta fracturarla. Cada verso, cada palabra figura en El furor, entonces, como el vestigio de un espacio perdido. Y no hablo de vestigios al azar: la conciencia de la ruina que aquí va gestándose, milimétrica y velocísimamente, no pertenece al solo ámbito de la forma o la disposición tipográfica de las palabras en la página, sino que dialoga en todo momento con lo que se podría reconocer como el tema de los quince poemas: el cristianismo, en especial el de los primeros tiempos, de la Crucifixión (ruina mayor donde haya ruinas, porque dará paso a la mayor de las rehabilitaciones: la Resurrección) a San Agustín, pasando por los Padres del desierto.

Siento el deber de hacer hincapié, aunque se trate de asuntos para los que me sé incapaz de perorar, en que Rubén Gil no ha tomado la decisión de disertar con el tema del cristianismo ni mucho menos. De haberlo hecho, El furor sería una plaquette sin el menor interés literario, por supuesto. El desafío que se plantea Rubén Gil, esto es: el desafío que yo, como lector suyo, he creído identificar en sus poemas, haciéndolo mío, consiste más bien en abordar un asunto clásicamente discursivo —asunto que, no lo dudo, interesa de manera íntima y particular al propio Gil, y que no es por lo tanto un mero tema entre los muchos en que valga la pena investigar— y desmontarlo en varias facetas, rindiéndole tributo con ello, pero también desmoronándolo, desbaratándolo, deshaciéndolo, destruyéndolo en grados varios de furia y agresividad. Furia, la de Rubén Gil, que se manifiesta sobre todo en contra del discurso (quiero decir: de lo discursivo, de la discursividad) y en contra, pues, de su principal soporte: la coherencia sintáctica. En el poema final, por ejemplo, Judas —porque las voces que se pueden oír en los poemas no corresponden a un solo emisor: son las voces de Jesús como yo, de Jesús como , de Jesús como él, de sus discípulos como ellos, de sus discípulos como nosotros, y del poeta mismo como todos juntos— toma la palabra y dice no que comerá barro, sino que ayunará barro, y que un cisne arrastrará sus besos, y que al hacerlo atentará contra una serpiente con cálices y estigmas:
judas
dijo

ayunaré
barro
truenos
&
hiel
cuando
un
cisne
arrastre
mis
besos
entre
los
cálices
&
los
estigmas
de
vuestra
serpiente

En su prefacio a El furor, el también poeta Víctor Manuel Pazarín observa que “todo lenguaje realiza un milagro de alejamiento”. A mí me gustaría relacionar dicho alejamiento con la separación que mencioné algunos párrafos arriba: esa separación o distanciamiento de sí mismo que tenía lugar —pero no accesoria ni anecdóticamente, sino en verdad como rasgo esencial del transporte o rapto místico— en la nocturna ceremonia de invocación a Dionisos y fusión con él. Son muchos los antropólogos que identifican rasgos del mito y del culto dionisiaco en la narración de la vida y de las enseñanzas de Cristo, y en la simbología que le resulta propia. Dionisos, como Jesús, muere y renace, y al renacer encarna una promesa trascendente de resurrección. Cíclicas por una parte, irrepetibles por la otra, sus historias (las de Cristo y Baco) lo son de inspiración y trastorno, de paz y espada que se alternan. Y la energía que atraviesa El furor, y que se alimenta en él —de donde nace—, comparte con tales historias un mismo signo.



("El furor: entre Cristo y Dionisos" acaba de aparecer en el número 48 de la revista Luvina, correspondiente al otoño del año en curso.)

5 de agosto de 2007

El verbo linchar

Me referiré a tres asuntos que han recibido algún tratamiento periodístico. Y que conste que no es un mismo caso triplicado…

1. Estamos en octubre de 2005. Cierto escritor, al que llamaré A, es mencionado en las páginas más bien escurridizas del semanario político por excelencia del acontecer nacional. Se da cuenta, en falso, de un cheque aparentemente cobrado al margen de reglamentos y dictámenes, y aunque se consignan sumas y números de folio, se omite cualquier posible aclaración del principal “responsable”, a quien se le dirá off the record (cuando, en busca de alguna explicación coherente, visite al editor de la revista) que no fue contactado porque nadie tenía su número de teléfono. Nadie, como no sean los mismos que filtraron el cheque, desde luego. Por lo demás, A figura en el directorio telefónico, publicación que sin duda supera en ejemplares al semanario en cuestión, y no ha visto nunca el cheque del escándalo.

2. Mayo de 2006. B, también escritor, es acusado de plagio (sin denuncia formal ni abogados ni jueces de por medio) en cierto diario de circulación e interés nacional. El reportero se traslada heroicamente de México a Cuernavaca para cubrir la noticia, tarea que no supone otra cosa que prender el micrófono para que las presuntas víctimas del plagio se manifiesten a sus anchas. De la eventual reacción del acusado no se puede inferir nada: no se le ha tenido en cuenta para elaborar la nota. Se deja en claro, en cambio, cómo se llaman sus hijos (menores, ambos) y su esposa, por si algún lector se lo preguntaba. En vísperas de las elecciones del mes de julio, el escritor B, concuño de quien resultará presidente de la República, es —cabe suponer— un objetivo de lo más apetitoso para la prensa que a sí misma se califica de progresista.

3. Julio de 2007. Un tercer escritor, C, padece la ojeriza de un colega que lo implica en operaciones más bien indemostrables de “influyentismo”. En un primer momento, las acusaciones del colega furioso no salen de algún foro en Internet, pero luego saltan a la prensa y, en las páginas de un tabloide algo menos que confidencial, buscan disfrazarse de iniciativa cívica y propuesta legislativa. Dato curioso: el enemigo del amiguismo es entrevistado por otro escritor que tiene pinta de ser buen amigo suyo. En todo caso, el escritor C no es requerido para dar su versión de los hechos…

Yo mismo soy el escritor A. No diré quién es B ni quién C. Lo que me parece llamativo es el comportamiento (sistemático, en apariencia) de la prensa, verdadera incógnita en los tres casos. ¿Por qué se ha preferido acusar y, en lo posible, lapidar antes que confrontar? ¿Por qué los reporteros y sus editores, y los directores de sus medios, han desdeñado confirmar o desmentir dichas acusaciones, favoreciendo con ello meras versiones y elevándolas al rango de verdades? ¿Por qué ciertos medios informativos han acabado conjugando un verbo como linchar con más asiduidad que otros como ponderar o sopesar?



("El verbo linchar" se publicó el día de hoy en Mural.)

10 de julio de 2007

Todo a partir de un grano: Voluntad de la luz

“La poesía no narra: sueña”, según recientes declaraciones de Luis Armenta Malpica. Lacónica profesión de fe que, sin embargo, debe comprenderse como el planteamiento de un verdadero problema tratándose del poeta nacido en 1961. Y es que Voluntad de la luz, poemario inicial de un grupo de al menos diez que Armenta publicara en otros tantos años —los diez que transcurrieron entre la primera edición del referido poemario, en 1996, con el sello de Mantis, y la tercera, en 2006, en la colección La Centena—, aparentemente puede ser leído como un libro de poesía narrativa.

Tal apariencia encuentra su razón de ser, ya que no su justificación, en el hecho de que Armenta, en Voluntad de la luz, emite y ordena sus palabras acogiéndose desde un principio a un modelo arcaico, en el sentido más noble de la expresión: el poema cosmogónico. Éste, por su parte, figura —en el imaginario de la especie humana— tan lejos o, si se prefiere, tan cerca del relato como del cantar lírico, equidistante de la ficción y la canción. En este orden de cosas, lo más normal parecería dar por sentado que, al acogerse al poema cosmogónico, el poeta contemporáneo se acoge también al ritmo y a la estructura sucesiva de la narración. Por ello, de buenas a primeras, resulta conflictivo que Armenta declare que la poesía, más que narrar, sueña.

Dado lo anterior, vale la pena remitirse al poema cosmogónico por excelencia de la tradición judeocristiana. Me refiero, naturalmente, a los once capítulos iniciales del Génesis, que constituyen la parte liminar de dicho libro. Del “principio” mencionado en el primer versículo, el de la Creación en sentido estricto, a la emigración rumbo a Palestina de Abram (el posterior Abraham) desde su tierra natal, Ur, el Génesis va presentando por etapas la disipación del nebuloso vacío primigenio, la separación del cielo y las aguas y la tierra, el brote de la hierba y los árboles frutales, la invención del hombre y la mujer, la vida en el Paraíso terrenal, la Caída y la expulsión subsiguiente, la rivalidad entre los hermanos, el asentamiento en ciudades, el Diluvio y, tras la inundación, el “pacto con la tierra” o alianza de Dios con los hombres, la confusión de las lenguas y, en síntesis, el origen del Cosmos, la gestación del humano y las primeras hazañas de sus patriarcas y héroes. Presentado lo cual, a partir del duodécimo capítulo, el Génesis ya no es cosmogónico ni es, en rigor, poético: es la memoria de un pueblo y la crónica de apenas el comienzo de sus vicisitudes.

Cabe decir, entonces, que al interior del Génesis —en su principio— hay un poema cosmogónico, pero también que dicho poema es irreductible al resto del relato. Tal pareciera que la envergadura de los hechos presentados y de sus protagonistas, de cuya naturaleza divina o ancestral se desprende que no pueden existir auténticos testigos de visu ni narradores inmediatos de sus actos, exige del poema cosmogónico un tono categórico y absoluto, una especie de ritmo verbal originario, una fascinación o encanto de lenguaje naciente por obra del cual no hay forma de separar al sustantivo común de la metáfora. Es ahí donde comienza Voluntad de la luz: en el punto donde se percibe con toda claridad cómo la poesía cosmogónica, más que narración, es creación de lo narrable, de lo que luego podrá ser narrado; en el punto donde la dicción poética, comprensiblemente, sienta las bases del relato y lo precede.

Para entender mejor lo anterior, conviene sin duda repetir los versos iniciales de “Confirmación del grano”:
Grano.
Todo a partir de un grano.
Espiga lenta
el corazón del pez se preñó de raíces
y de insectos.
Se desgranaba el alba.

En poco más de veinte palabras, por lo menos diez figuras, emblemas o símbolos fundamentales del discurso bíblico —el grano, la espiga, las raíces, el pez, el insecto, el corazón, el amanecer, la fecundación, la totalidad, el origen— parecen convocarse unos a otros, condensarse y, al hacerlo, conformar seis versos que impulsan, por su parte, la composición del poema propiamente dicho. El poema es lo que se desgrana tras la estrofa citada: el “alba”, sí, pero también el sueño al que Armenta Malpica se habría referido desde un principio: “La poesía no narra: sueña”. O bien, en otro de los poemas de Voluntad de la luz, el que se titula “Fundaciones del pez”, cuando el hablante asume su identidad no por el expediente de revelar su nombre, sino por el de revelar su actividad, y afirma, casi en un exabrupto: “Esto es un sueño”.

Esto, en efecto, es un sueño. Voluntad de la luz es un sueño, pero no en el sentido fisiológico ni en el sentido psicoanalítico de la palabra. Esto es un sueño en la medida que se apega, desde los códigos y libertades que afianzan el estilo de su autor, al Primero sueño de Sor Juana y a su principal respuesta o complemento en la poesía del México moderno: Muerte sin fin, de José Gorostiza, que son “sueños” en el sentido que la poética y la retórica clásicas daban a esta palabra, es decir: meditaciones en primera persona en torno a la naturaleza de lo no visible, del vértigo interior del cuerpo, del fondo del mar y del fondo de la conciencia, de la realidad mineral de la tierra y de la proximidad alucinante de la muerte, del infierno y del cielo y, en suma, de aquellos componentes del universo que, si fueran expuestos a la mera vigilia, morirían o se volverían triviales. Como en Gorostiza y en Sor Juana, en Voluntad de la luz hay alusiones esporádicas —en este caso, a los Evangelios y al Credo en dos de los cuatro poemas en prosa que hay en el volumen, y a la poesía de Claudio Rodríguez y del propio Gorostiza en otras páginas— que refuerzan, como si fueran guiños de complicidad, la contextura referencial y hasta doctrinal del ensamblaje.

Ahora bien, cabe recordar qué pasa en el “sueño” de Luis Armenta Malpica. Excepto en el epílogo, donde la experiencia urbana y los recuerdos de adolescencia del poeta son asumidos como el verdadero sustrato del volumen, el pez y la migala son, por así decirlo, sus protagonistas. Un mundo esencialmente acuático gobierna, en principio, lo que Max Bilen llamaría el “comportamiento mítico-poético” de Armenta. El pez, aunque de género masculino en tanto sustantivo, se presenta como el componente femenino arcaico (“la mujer era / el pez. / Siempre lo ha sido”) del universo que poco a poco se ordena sobre la página. Se trata, sin embargo, de un espacio acuático en el que poco a poco asoma la tierra firme y, en ella, la tarántula (“Mas los hombres esperan / porque habrá de llegar de algún sitio / del hombre / la migala”). Ésta, por su parte, aunque de género femenino, encarna el componente masculino del esquema. Diferentes escenas de un pasado sin fechas, de un tiempo remoto y delirante, van conjugándose después en poemas de respiración amplia y asombros constantes: poemas en los que, a la larga, importa más la profecía que la crónica, más la visión que la rememoración, más el instante que los presumibles milenios a los que se va dando tratamiento.

Pero no es a través del mito ni del sueño como se puede aspirar a comprender este libro, ya que ni uno ni otro condicionan su belleza. La invención estrictamente discursiva de Armenta Malpica es original e interesante y su prosodia es, en general, flexible y seria. Pero cuando las frases de Voluntad de la luz conmueven y sorprenden —como sucede por lo regular con la buena poesía lírica— es cuando parecen torpes y pobres, esto es: cuando la contemplación de un misterio y cuando la revelación de una verdad palmaria vuelven inútil toda elocuencia. En este sentido, son frecuentes en Voluntad de la luz afirmaciones breves y ajustadas que mucho tienen de aforismo y casi de koan: “El pez no teme ahogarse”, “Casi nunca se pasa por la ceiba”, “la luz del sol inicia / donde nacen los hombres”, “El cuerpo abierto en dos es vulnerable” o “son las cosas sin nombre las que dañan”.

Sin que se trate de un libro particularmente largo, Voluntad de la luz va inculcando en su lector una sensación de amplitud. A través de un prólogo, tres apartados y un epílogo, los dieciocho poemas que forman el volumen saben tomarse su tiempo, al grado de aparentar incluso alguna ocasional prolijidad. Lo cierto es que la extensión considerable de casi todos los poemas convive a la perfección con brevedades concluyentes que se dejan entresacar y subrayar con gusto:
Los peces van sedientos
con su carga de sal
en la memoria.
Traen un olor a tierra descompuesta
de abajo del océano.

Con todo, es importante subrayar que tampoco la dimensión aforística o de sabiduría condensada resume la genuina seducción que Voluntad de la luz ejerce sobre sus lectores. “Volvía el invierno / como vuelven las cosas / a su origen”: versos como éstos, en los que la melancolía es abrazada sin aflicción y el tópico del retorno aparece como anudado al ciclo biológico del hombre, y éste al ciclo de las estaciones, y éste al ciclo general de lo viviente, confirman el interés prioritariamente lírico del poemario y fortalecen la fe sin la cual sería imposible desbrozar sus estrofas. Hablo, sin más, de la poesía como fe laica, como fe del entendimiento del otro con el uno y de uno consigo mismo. Para decirlo sin retruécanos, hablo de la poesía como fe de la identidad personal confirmada en los ritmos de la palabra:
El pez no sabe hablar la lengua de los hombres.
Poco entiende la suya.
Pero si escucha al viento, al mar
cuando se agita
en la piedra callada
se comprende mejor.
Y le es común entonces el zureo de un ave mensajera
el agudo siseo de la serpiente
y el himno del cardumen.
Esto le basta para saber que existe.

En los últimos años de su vida, Luis Cernuda escribió —con furia, con precisión y con ternura, como no podía ser de otro modo tratándose del autor de La realidad y el deseo— su indispensable “Historial de un libro”. En él relataba y esclarecía Cernuda los ritmos, los modos y la cronología del proceso que lo llevo a componer un solo y mismo libro a lo largo de su madurez. Acaso a Voluntad de la luz le vendría bien que su autor, Luis Armenta Malpica, escribiera sin excesos ni medias palabras el historial de su gestación, de sus primeros y segundos pasos en el mundo de los lectores —entre concursos literarios afortunados o desafortunados, ediciones varias y traducciones— y, en suma, de sus encuentros y desencuentros con la poesía mexicana de los años 90 y del nuevo siglo, en cuya pequeña o gran historia sin duda tiene sitio y a cuya configuración mitológica seguramente ha contribuido.



("Todo a partir de un grano: Voluntad de la luz" acaba de aparecer en el número 122 de la revista Crítica, correspondiente a los meses de julio y agosto del año en curso.)

9 de junio de 2007

Monólogo de Neptuno, en mármol

y los dormidos, siempre mudos, peces,
en los lechos lamosos
de sus oscuros senos cavernosos,
mudos eran dos veces

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Peces de andar, los pies, dos veces mudos,
una por cada planta contra el suelo,
rozan por mí la espuma de la orilla,
por mí la desmenuzan y la horadan.

Le pertenezco al mar hasta el empeine.
De tobillos arriba, sigo en tierra:
bajo el sol me sostengo, y contra el aire
pierdo en arena lo que gano en tiempo.

Pero, al revés, el mar me pertenece
también, y en mí se apoya el sol, y en mí
los peces recuperan la palabra:

todo muro es reflejo de una ola;
todas las nubes, de la espuma. El mar
se ahueca para contener la tierra.



("Monólogo de Neptuno, en mármol" acaba de aparecer en el muy veraniego número 47 de la revista Luvina, dedicado al mar.)

10 de mayo de 2007

Toast modernista

Brindo, en primer lugar, por la clavícula.
Número dos: por las importaciones
y ultramarinos de bodega y mesa.
Número tres: por la crueldad, la saña

y el olor de la imprenta y el consuelo
del éter y los álamos asiduos
del parque abandonado y los faroles
a medio gas y las pestañas falsas.

Brindo por mí: por lo que digo ser,
por la gloria diabólica o divina
de hallarme a todas horas en el mundo

fingiéndome distante, ajeno, incierto
pero en verdad sabiéndome corpóreo
y adicto, cuando mucho, a los esdrújulos.


(Acabo de publicar este "Toast modernista" en el número 145 de la revista Tierra Adentro.)