26 de enero de 2011

La contraseña

En octubre de 1990, cuando se anunció que Octavio Paz recibiría en dos meses el Premio Nobel de literatura, yo estaba por cumplir diecinueve años. La noticia me la dio mi abuela Olga. Los dos admirábamos a Paz, comentábamos apasionadamente sus libros, artículos y declaraciones públicas y militábamos en favor suyo —recóndita o secreta militancia, ignorada por el resto de la especie humana— siempre que aparecía involucrado en polémicas o debates. Todavía hoy, cuando vuelvo sobre alguna página de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Conjunciones y disyunciones, Pasión crítica o El signo y el garabato, me reservo un par de segundos para comprobar que los correspondientes ejemplares, todos al pie de la página 100, llevan la firma de mi abuela, porque aquellos libros fueron suyos antes que míos. Ya no hace falta devolvérselos. Cuando me los prestó en realidad estaba regalándomelos, y cuando los releo me sé otra vez comentándolos, entre otras personas, con ella.

Lo de Paz, naturalmente, me alegró, pero la verdad es que yo estaba contento desde antes, ya que un festival de poesía estaba teniendo lugar en el Hospicio Cabañas (en pleno centro de mi ciudad, Guadalajara) por esos días. La jornada inaugural había sido la víspera. Mi nombre no figuraba ni tenía por qué figurar en el programa. Puedo asegurar, entonces, que mi felicidad no estaba orientada por la vanagloria ni por la jactancia: era la dicha del goloso en la confitería. Dos poetas a quienes ya entonces idolatraba, Eduardo Lizalde y Rubén Bonifaz Nuño, leyeron algunos de sus mejores poemas en sendas mesas de aquel festival, y Juan Gelman dijo completa su Carta a mi madre, uno de los jirones de vida más emocionantes a los que yo haya estado expuesto nunca. En ese contexto, no por inusitado menos auténtico —auténtico al menos para mí, que oía en aquellos poemas y veía en aquellos poetas una confirmación, una ratificación de lo que me parecía más profundo y serio en la vida—, la noticia del Premio Nobel tuvo un efecto de normalidad sospechosa, como si de pronto aplaudirle a un poeta y festejar que se le diera semejante premio fuera cosa de todos los días.

En pleno festival de poesía comencé a ver hasta qué punto era Paz un escritor incómodo. Paz, en aquella época, tenía detractores intelectuales y enemigos ideológicos, desde luego, pero sobre todo antipatizantes. Muchos de mis profesores, de mis amigos y conocidos, pero también —como entonces empecé a darme cuenta— muchos poetas y funcionarios culturales, por no hablar de políticos y periodistas, buscaban descalificarlo y ridiculizarlo a como diera lugar antes que leerlo y, en consecuencia, tomar determinada posición ante sus libros. Y muchos de los que lo admirábamos (todo hay que decirlo) incurríamos en el mismo vicio, pero en dirección opuesta: generalizábamos a la menor oportunidad y sacábamos conclusiones universales del menor de sus dictámenes. Unas horas en el Hospicio Cabañas bastaron para que algunos desempolvaran su más pomposa oratoria y los otros ejercieran su más resentida virulencia. Paz, entre tanto, aparecía en toda clase de noticieros, periódicos y semanarios: era el primer poeta en lengua española que ganaba el Premio Nobel desde que se lo dieron, en 1977, a Vicente Aleixandre, pero en México prácticamente nadie sabía qué cosa era un poema ni qué interés había en leer un ensayo literario.

Paz fue siempre un escritor sumamente productivo, y aquella época no habrá sido la excepción. Su libro de poemas Árbol adentro se había publicado tres años antes, en 1987, y un libro de reflexión poética tan estimulante como La otra voz acababa de aparecer cuando se dio la noticia del Premio Nobel. Yo leí esos libros a medida que fueron publicándose y alterné su lectura con la de Libertad bajo palabra o Cuadrivio. No todo en Árbol adentro me gustaba, pero lo que me gustaba (y lo que sigo recordando: “Amor, isla sin horas…”, o bien: “Óyeme como quien oye llover, / ni atenta ni distraída…”, o bien: “Y fui por un instante diáfano / viento que se detiene”) me parecía tan luminoso como La estación violenta. Los ensayos de La otra voz, por su parte, son todo un modelo de riqueza y de claridad: en ellos, hablar de poesía es acceder a un saber especializado y, al mismo tiempo, abordar un tema de interés general. Paz, arbitrario y exacto, como una especie de cirujano clarividente que pudiera saltarse la toma de radiografías y hundiera el bisturí con rapidez y conocimiento de lo invisible, no titubeaba en la elección de sus asuntos: los determinaba, más que con rigor, con fiereza.

El discurso pronunciado en Estocolmo —el 8 de diciembre de 1990— es un acto de gratitud. Pero esa gratitud, contra lo que pudiera suponerse a primera vista, no se le tiene al rey de Suecia ni a los académicos de aquel país. Es a ellos a quienes Paz les manifiesta su agradecimiento, huelga decirlo, pero la circunstancia queda rápidamente superada y en la tercera línea ya está claro que la palabra central de aquellas páginas, gracias, tiene como verdadero destinatario a la modernidad, en el sentido que Paz le daba: gracias al tiempo presente y, mejor aún, a la confluencia de presentes, de “presencias”. El carácter de la modernidad estriba en que “rompe con el pasado inmediato sólo para rescatar el pasado milenario y convertir a una figurilla de fertilidad del neolítico en nuestra contemporánea”. Rescatar, convertir: Paz, ya se ve, idealizaba las tareas del arqueólogo y del mago, del buzo y del alquimista. Era, en eso como en tantas otras cosas, un contemporáneo de Lévi-Strauss y Brancusi, de Picasso y Breton.

Paz, en aquellos tiempos, fue para mí algo más que una simple referencia literaria: fue una contraseña. Saber que otra persona compartía conmigo no sólo esa lectura, esa información, sino también (y sobre todo) ese fervor, multiplicaba en mí una sensación de acierto y reconocimiento. Con los años, lógicamente, fui sintiendo cómo se aplacaba esa emoción. Mejor así: el entusiasmo que, de forma eslabonada, he sentido por otros autores y materias en los últimos veinte años no habría sido el mismo de mantenerse mi exaltación original por Octavio Paz. Pero nunca he puesto en duda esa vehemencia. También es verdad que los primeros deslumbramientos, lejos de ahorrarnos deslumbramientos posteriores, nos ayudan a vivirlos con mayor intensidad y provecho.


(A veinte años de la entrega del Premio Nobel a Octavio Paz, la revista Tierra Adentro me pidió que dijera cómo recibí aquella noticia en 1990. En esta nota procuro asentar ese recuerdo.)

3 comentarios:

arancha dijo...

Precioso blog.

Luis Vicente de Aguinaga dijo...

¡Gracias!

Por favor, dijo...

Yo recuerdo, tenía seis años, cuando supe la noticia de Paz. Yo dije, qué se sentirá ser un escritor como él. Años más tarde lo sigo pensando.