a Víctor Cabrera
Entre marzo y diciembre de 1970, Ringo Starr, Paul McCartney, George Harrison y John Lennon lanzaron, como los Beatles o por separado, seis álbumes y un puñado de canciones no incluidas en esos discos. Tras el auge de Abbey Road en el otoño y las navidades de 1969, los rumores tocantes a la inminente separación de los Beatles eran cada vez más intensos. Que apareciera entonces el primer disco de Ringo como solista (Sentimental Journey llegó a las tiendas, en efecto, el 27 de marzo de 1970) y que inmediatamente detrás viniera el primero de Paul (McCartney se vendió a partir del 20 de abril) confirmó la sospecha: el sueño había terminado, como en seguida cantaría el más impaciente y agresivo del grupo.
Pero el disco de Ringo era sólo un divertimento, una fantasía de rock star con aspiraciones de crooner, y el de Paul no tardó en verse opacado por la salida, el 8 de mayo, de Let It Be, el disco, y por el estreno, el 20 de mayo, de Let It Be, la película. Si bien es verdad que la esperanza muere al último, también lo es que hay distintas maneras de morir, y la esperanza en la vida eterna de los Beatles agonizó con el espectáculo que protagonizaron ellos mismos en el documental de Michael Lindsay-Hogg. La diáspora de los Beatles no se debe cronometrar a partir de los primeros discos de sus miembros como solistas: ellos mismos dieron, como grupo, el aviso de su dispersión, y los álbumes del otoño de 1970 (el segundo de Ringo, Beaucoups of Blues, del 25 de septiembre, y los primeros de George y de John, All Things Must Pass y el conocido como Plastic Ono Band, aparecidos el 27 de noviembre y el 11 de diciembre, respectivamente) confirmaron que, tratándose de aquellos cuatro jóvenes de Liverpool, incluso las malas noticias eran buenas.
En razón de la impresionante celebridad y la extendida reputación del cuarteto en ese tiempo, todos aquellos discos fueron éxitos comerciales. Desigual, en cambio, fue desde un principio la valoración crítica de cada uno por separado. Los discos de Ringo fueron considerados, en el mejor de los casos, agradables. Por el contario, el de Paul fue apreciado incluso por encima de su auténtico valor, a juzgar por el exceso de temas instrumentales (en total, cinco) que McCartney decidió alternar con las por otro lado espléndidas canciones del álbum. El de John fue valorado por su doble crudeza (la de su instrumentación y la de sus letras) y, en términos generales, por haber introducido en la canción popular eso que los angloparlantes llaman brutal honesty. Vale decir que, a la distancia, ni los discos de Ringo suenan tan mal ni los de John y de Paul parecen tan redondos como llegó a creerse.
A decir verdad, el más llamativo, por la excelencia de sus composiciones y la opulencia de sus arreglos, por lo cantable de las melodías, por lo maduro de unas letras ajenas a la frivolidad y a la conmiseración, por el notable fraseo de la guitarra, por el protagonismo que asumió en él un vocalista que hasta ese momento se había juzgado secundario, por lo agradable de su feelin’ y por su inobjetable congruencia estilística, es All Things Must Pass, de George. Que se haya vendido como un álbum triple ya no debe aturdirnos a estas alturas: el tercer disco de la caja es un jam instrumental poco relevante. Pero incluso entendido como álbum doble se merece los mayores elogios. Basta con recordar el importante número de canciones acopiadas en All Things Must Pass (nada menos que diecisiete, sin contar la segunda versión de Isn’t It A Pity ni los temas instrumentales) para entender que Harrison era en 1970 un cantautor en estado de gracia. Del suntuoso rock de What Is Life y Hear Me Lord al folk austero de Apple Scruffs, de la energía de Wah-Wah y Art Of Dying a la serenidad y sutileza de Beware Of Darkness y Run Of The Mill, todo en All Things Must Pass es calidez y entrega, sabiduría sin soberbia y emoción sin destemplanza. Un álbum que se oye desde hace cuatro décadas con la sensación de que hay alguien ahí mirándonos a los ojos.

(Ayer leí esta nota en Señales de Humo, el noticiero cultural de Radio Universidad de Guadalajara.)
5 comentarios:
Notable, sobresaliente, insigne, ¡¡¡rompemadres!!!: me refiero, por supuesto, de la dedicatoria.
A propósito de ATMP, el comentario del "generoso" John:
"Muy bien [...] Yo, en mi casa, no pondría esa clase de música [...] George todavía no ha hecho su mejor trabajo. Ha ido desarrollando su trabajo con los años, y como trabajaba con dos compositores jodidamente brillantes aprendió un montón de nosotros. Y a mí no me hubiera importado ser George, el hombre invisible, y aprender lo que él aprendió. Y puede que algunas veces para él fuera duro, porque Paul y yo somos unos egomaníacos tremendos, pero así son las cosas. Y así es George: dale una pequeña oportunidad y será él mismo. Para mí lo mejor de todo lo que ha hecho sigue siendo 'Within You, Without You'."
¡Ah, el gran Johnny! Se retrató de cuerpo entero en esa declaración: agresivo, arbitrario, egocéntrico, sediento de juzgar... Y, por supuesto, un sujeto admirable, genial hasta en la trampa. ¿Cómo no adorarlo?
Y -como diría un clásico dominical- aún hay más:
"Creo que [George] es capaz de hacer grandes obras. Y creo que las hará. Y desearía que no las hiciera. Desearía que nadie pudiera hacerlas, ni Dylan ni nadie. Quiero decir, en el corazón de mi corazón desearía ser el único en el mundo...".
¿Así o más franco? Ah, qué Johnny... De que habló from the bottom of his heart, lo hizo. Y de que su vaticinio se cumplió, se cumplió. Y de que sus deseos no se cumplieron, afortunadamente no. Lo que son las cosas... Lennon es hoy un sujeto de mi edad. Yo tengo 39 años; él tendrá siempre 40. Viejos los otros, Ringo y Paul, que ya pagan menos en el cine gracias a sus credenciales de la tercera edad.
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