Estimulado, pues, con la publicación de aquellos libros de Hugo Salcedo, Eugenio Partida y Ernesto Lumbreras, entre otros autores ―pero siendo, para un jalisciense como yo, particularmente notorios los tres a los que me refiero, por ser de autores nacidos en Jalisco―, empecé a fantasear con la eventual aparición de un libro mío en Tierra Adentro. No me faltaban pretextos: en Tierra Adentro, la revista, meses atrás había circulado un poema de los que luego darían cuerpo a Nombre, de manera que yo me sentía en el umbral o antesala de un Parnaso que por supuesto no era tal, pero que a la larga resultaría ser algo bastante mejor.
La revista y los libros de Tierra Adentro existían en toda la extensión de la palabra: se podían hojear o comprar en librerías, tiendas más o menos pomposas (como las de ciertos museos) y buenos puestos de periódicos. El que intentaba publicar en Tierra Adentro era, naturalmente, un wannabe ―o, peor todavía, un wannabe de provincia―, pero el deseo de publicar al menos un poemario en edición decorosa y bien distribuida era, en mi caso, más intenso y razonable que los intermitentes escrúpulos del artista “independiente”.
Pero fallé al primer intento. A mediados de 1991 envié a Tierra Adentro un poemario que fue rechazado ―según me aclaró Eduardo Langagne con cierta piedad― por ser demasiado breve. Nunca le concedí a ese libro una segunda oportunidad: al principio lo descarté sin proponérmelo, casi traspapelándolo, y luego acabé perdiendo el original (escrito a máquina, como se acostumbraba en aquellas prehistorias). Cuando volví a intentar fue con un libro distinto, un año después.
En tiempos que no hacían pronosticar el e-mail, uno tenía que llamar por teléfono a México y, de ser posible, viajar a la capital para enterarse de la suerte que le habría tocado. Una mañana de 1992, en un piso alto de un edificio en San Ángel, Jorge Von Ziegler nos comunicó a Mauricio Montiel y a mí que nuestros respectivos libros aparecerían en breve. Piedras hundidas en la piedra se publicó, así las cosas, con el número 45 de la colección. Era, en realidad, la conjunción de dos libros: la experiencia me había enseñado a no escribir poemarios demasiado cortos.
Cuando a veces hojeo Piedras hundidas en la piedra lo encuentro satisfactorio, aunque un tanto extraño. Lo que básicamente me proponía entonces ya no me parece tan atractivo ahora: desalojar al yo del poema, escribir en frío, decir lo que tuviera que decir como lo diría una roca, como lo diría una veta de cuarzo. Es obvio que no me interesa verificar si conseguí mi propósito. Mi gran orgullo, en todo caso, es el texto de la cuarta de forros, una suerte de poema en prosa que Ricardo Castillo escribió sin mencionar una sola vez mi nombre.
Otro libro mío, un ensayo sobre Juan Goytisolo titulado La migración interior, aparecería trece años después, en 2005, con el número 299 de la misma colección. Al publicarlo volví a sentirme, como en 1992, en casa.
(Acaba de aparecer este memento mío en el número 164 de Tierra Adentro, con motivo de los veinte años que cumple la revista.)
1 comentarios:
Estimado Luis Vicente,
Y por sentirte como en casa, y por el respeto franco, el esfuerzo del que he sido testigo, en principio "En la Cercania" y despues en la distancia muy proxima, celebro tu trayectoria y la amistad de tantos años, un abrazo que yo aqui continuo construyendo mi casa.
Fraternalmente
Martín Gada
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