Serále allí quietud el movimiento,
cual círculo mental sobre el divino
centro, glorioso origen del contento...
FRANCISCO DE ALDANA
La reciente polémica en torno al plan, trazado, parcial realización y acomodo al parecer interrumpido de ciclovías en Guadalajara, con todo el polvo que una simple bicicleta —y ni siquiera una bicicleta, simple o no, sino la mera sospecha o fantasma de una bicicleta— puede alborotar en las cabezas que ya lo acumulaban, ha cumplido al menos con el deber elemental que mi opinión exige de una controversia o debate civil que se respete: propiciar la sonrisa y el curioso acaloramiento de las discusiones que uno entabla consigo mismo. Que las iniciativas urbanas lleguen a plantearse, valorarse, defenderse, refutarse y aprobarse o desaprobarse de buen modo no deja de ser como un sueño exagerado en este valle de tormentos; ello no impide, sin embargo, que algunas colectividades (gubernamentales o no) tengan de vez en cuando aisladas ocurrencias, ni desde luego que otros grupos vengan a oponerse con despropósitos más pintorescos todavía. Ni mucho menos, en fin, que uno ejerza el modesto derecho de afirmar todo y lo contrario, así las ventajas como las desventajas de cuanto sea propuesto, en el foro improbable de una democracia que no cuaja nunca ni quiere por lo visto hacerlo.
Para que nadie se crea timado, yo aclaro desde un principio que la posible instalación de una ciclovía en Guadalajara me resulta simpática: la juzgo al mismo tiempo sensata y original, valiente y razonable. No hace falta que tres hipotéticos millones de ciclistas ocupen la vía pública y formen sindicatos aguerridos para que las autoridades hagan su trabajo (como no hizo falta en su momento que otros tantos automovilistas protestaran o se organizaran en células de acción directa, por ejemplo, para que hubiera semáforos o señales de pintura blanca en las calles); en situaciones como ésta, el gobierno debe ser previsor y no limitarse a resolver a posteriori tales o cuales problemas ya manifiestos. Por lo demás, la decisión de trazar la primera ciclovía en las calles de La Paz y Niños Héroes carece de importancia mayor, como no sea la estrictamente simbólica y experimental del nuevo par de avenidas rápidas en que dichas arterias van a convertirse muy pronto: conforme pasen los años, también López Mateos, Alcalde, la Calzada Independencia, Belisario Domínguez, Américas y tantas calles como quieran citarse irán cediendo un par de metros al paso regular de aquellas bicicletas que de cualquier manera hoy deben transitarlas, y de muchas más.
Cambiar es lo propio de todas las cosas, y de toda ciudad por consiguiente. Y gobernar, en este sentido, es administrar esos cambios en provecho de quienes han de sufrirlos o de promoverlos. El incremento escandaloso de automóviles en Guadalajara no supone tal vez que aumente la proporción de caracteres ansiosos y violentos por kilómetro cuadrado, pero sí fomenta las crisis que protagonizan estos últimos. La velocidad es característica del automóvil y condición de lo intempestivo, de lo abrupto, de lo que no se reflexiona. Enaltecer la velocidad en el trato urbano es también darle un valor supremo en el trato social, y entonces poner en peligro un trato y otro (subsidiario el primero del segundo, el urbano y particular del social y abarcante). La bicicleta —le oí decir una vez a Régis Debray— sirve para ir más despacio, ya que no para detenerse o paralizarse. La bicicleta sirve para detenerse avanzando y, aunque suene raro, para ver mejor. Pienso en el escritor francés Philippe Delerm, para quien el Tour de France no es algo que se vea como se ve un juego de futbol o de cualquier deporte, sino algo que se ve pasar. La vida en la ciudad, lejos de verse y de vivirse como un espectáculo circunscrito a las dimensiones de la cancha o la pantalla, es (como el Tour) algo que se ve mientras va pasando, rebasando el ojo del espectador, y por esto mismo las enseñanzas de la bicicleta pueden ser estupendas.
Julio Torri dedicó una de sus prosas breves y exactas a la bicicleta. Ese texto, llamado con sencillez “La bicicleta”, bien podría mandarse imprimir en carteles que sin duda mejorarían el debate acerca de la ciclovía trazada y amenazada. En la bicicleta, sostiene Torri, “va uno como suspendido en el aire”. Y añade: “Quien vuela en aeroplano se desliga del mundo. El que se desliza por su superficie sostenido en dos puntos de contacto no rompe amarras con el planeta”. Observaciones, las de Torri, de las que un elemental aprendizaje se deriva: es tan malo “romper amarras” con un tiempo y un espacio dados como anclarse ahí mismo sin progreso alguno. El automóvil se parece cada vez más a una cápsula de aislamiento: es una suerte de aeroplano frustrado y rencoroso, porque no despega. La bicicleta, por su parte, admite mejores apologías que las del puro juego y las recreaciones dominicales. De verdad útil, práctica y barata, individual en uso y plural en apertura, de poco ruido y apenas peligrosa, la bicicleta se merece una oportunidad que resultará después de todo una oportunidad que la ciudad se concede a sí misma.
Una sección de Las flores del mal se titula “Spleen e ideal”. Julio Torri, seguro lector de Baudelaire y practicante del ciclismo, compensaría tal vez la noción de spleen (el tedio melancólico, la saudade poliédrica y sonora de Baudelaire) valiéndose de otra no menos inglesa: la del corpóreo sprint o esfuerzo decisivo en la carrera. Sería bueno que, al menos en esta ocasión, “Sprint e ideal” fuera lema y consigna de Guadalajara: la fantasía realista y el movimiento humano y valedero.

("Sprint e ideal" se publicó en Mural el 28 de julio de 2002. Ahora que la opción de montarnos en la bicicleta se ha vuelto a presentar en Guadalajara, incluso con la modificación material de ciertas calles, aceras y camellones, recuperar este artículo me parece razonable. Hace siete años lo que se planteaba era trazar la ciclovía por La Paz, de ida y vuelta y sin desembocaduras o prolongaciones de ningún tipo en otras avenidas. Aquella iniciativa fracasó y está sepultada hoy por hoy en la memoria de casi toda la ciudadanía, que le dicen. Vamos a ver esta vez a dónde conduce la cuestión. Por lo pronto, algunos políticos ya fanfarronean con pedalear algunos kilómetros, y ahora existen la Vía RecreActiva y otros elementos de optimismo en dos ruedas que, no sin excesos y atropellos ocasionales, pintan aparentemente la situación de otro color.)
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