Pero mi asunto era otro. Decía que mido tanto más tanto, y que peso “apenas” 66 kilos. Desnudo, naturalmente (si bien el hábito del vestido me parece del todo...) En fin: sigamos adelante. Soy lo que se dice un flaco. “Entelerido”, en palabras de una señorita muy linda. Y nadie parece dispuesto a perdonármelo. Aquí, en Guadalajara, y acaso en todo México y en muchos otros países, donde la gordura significa prosperidad, significa dicha, significa gusto de vivir, ganas de triunfar, ganas de hacerla, estar flaco es peor que no tener hijos y no creer en Dios al mismo tiempo (características, éstas, que también me definen por el momento, dicho sea de paso: el “deshijamiento” y el agnosticismo). La gente me ve, me toca las mejillas, me aprieta de los hombros, me calibra la espalda, me hace rin-rin en las costillas, me da palmaditas en el vientre, me patea con suavidad las espinillas y al fin dice: ¡mira nada más! Que miren ellos, y que se convenzan: yo no tengo por qué ser diferente, o sea más diferente de lo que ya soy, esto es: por qué ser menos diferente, comparado con ellos.
¿A santo de qué viene todo esto? ¿Por qué agarro tema y no lo suelto? ¿De dónde me viene tanto autoconsciente autodeseo de autoafirmarme en mi autoestima? El título de un libro de Rafael Bolio Bermúdez que se presenta hoy a la una, es decir: a las 13, bastaría con perfecta normalidad para justificar mis arranques de flaco desvencijado. Pero tengo que declarar en principio que no sé quién es Rafael Bolio Bermúdez, ni a qué se dedique al margen de hacer libros, ni por qué sienta esa necesidad irreprimible de ofenderme. Acepto que una vez ataqué yo a mi vecino llamándolo panzón y obeso pérfido, tanque y marrano, bola de grasa, choncho y barriga de los mil demonios, pero eso fue porque a él, a mi vecino, le dio por talar una hermosa jacaranda, un árbol cuyo solo pecado era el de remover con sus raíces la banqueta, dificultando con ello el paso del gordinflas, y de su carro sobre todo, entre la calle y la cochera de su casa. La jacaranda no le pertenecía, no era de su familia ni de la mía tampoco: estaba entre ambas casas, vasta y serena. Y luego no fui bueno para insultarlo en su cara, de modo que ni siquiera pudo enterarse de mis opiniones —qué digo, de mis apreciaciones objetivas: panzón, obeso, etcétera. Total, pues: aquel título de Bolio Bermúdez, Rafael, es Qué hacen los malditos flacos para estar flacos. Tamaña desvergüenza. Lo que tiene que verse, que oírse, que sufrirse.
Maldita su abuela, señor Bolio.

("Octava real" es otro de mis artículos de aquella remota FIL de 2001. He retocado algunas frases para no extraviar a nadie con referencias a una época que no era entonces "otra", pero sí lo es ahora. Sólo debo añadir que ahora sí tengo un hijo. En cuanto al tal Bolio Bermúdez, resulta que hasta página web tiene, por sí alguien quiere adelgazar al amparo de su prosa. Insisto: maldito él y toda su progenie.)
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1 comentarios:
Doctor, me parece sumamente agradable y cómico lo que ha escrito bajo el título de "Octava real", en uno de mis momentos de no tener mucho que hacer, lo he leido, es fascinante, gracias por el rato ameno que le ha permitido con su texto a un estudiante de Letras de la UdeG.
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