La canción de Bob Dylan fue grabada en julio de 1962. Un año antes, en 1961, el gobierno de John F. Kennedy envió al sureste de Asia, y concretamente a Vietnam, quince mil presuntos asesores militares que terminaron siendo con los años apenas una vanguardia o avanzadilla entre las decenas o cientos de miles de soldados norteamericanos que al fin perdieron esa guerra, sin duda la más representativa, por irresponsable y peligrosa, de la mitad final del siglo XX. El presidente Kennedy, que sólo es heroico en las películas, y simpático y guapo, y que fue de verdad un canalla funesto para Latinoamérica y África, ignoraba que al fomentar esa guerra lejana estaba impulsando a contrario sensu la primera y acaso única racha de lucidez e independencia crítica de la opinión pública estadounidense, tan homogénea y tan poco imaginativa por lo regular. Esa racha de algún modo comenzó bajo un fondo musical de guitarras acústicas y voces no siempre dulces: como un profundo anuncio de madurez, el folk de inmigrantes británicos e irlandeses pudo acercarse al blues y al rhythm and blues de otros hijos de inmigrantes, y viceversa, de modo que las raíces africanas y europeas importaron por una vez menos por el origen que representaban que por aquello a lo que daban lugar. Aquel viernes de abril, enfrente del Consulado, yo escuché la canción famosa y persistente de Bob Dylan, ya cuarentona, y pensé que tanta celebridad no serviría de nada mientras no se aliara en el fondo con el probable renacimiento de una conciencia internacional que, también a contrario sensu, ha desencadenado la estúpida y orgullosa campaña de Irak. En dicho renacimiento, como es natural, cabría esperar la contribución de los opositores y disidentes norteamericanos, condenados en su propia nación por su gobierno y por los medios informativos que lo respaldan a un silencio ensordecedor y tramposo.
No mucho después, el domingo 13 de abril, el magacín Día Siete publicó un retrato fotográfico de Ry Cooder y un breve texto en que se recordaban las presiones fiscales y políticas que ha debido sufrir el guitarrista últimamente. Quienes hayan conocido el nombre de Ry Cooder con motivo de Buena Vista Social Club, el disco best seller que produjo en Cuba y que vino a propiciar el auge tardío (pero muy justo) de artistas como Ibrahim Ferrer, Omara Portuondo, Eliades Ochoa, Compay Segundo y Rubén González, no podrán sino alarmarse con esta consecuencia del inmoral embargo estadounidense aplicado a Cuba. Fidel Castro, nadie lo duda, es un autócrata homicida y grotesco, pero las medidas norteamericanas que hacen padecer a toda una sociedad carencias tremendas con resultados tan poco dignos de consideración (el dictador, lejos de perder aunque sea un miligramo de su indecente poder, lo ha visto multiplicarse) deberían ser ya objeto de revisión y, en última instancia, de abrogación. Ry Cooder, que recién ha grabado con otro músico de Cuba, un arrumbado Manuel Galbán que vuelve por sus fueros, el disco Mambo Sinuendo, tendrá que guardarse de regresar a Cuba y no podrá intentar ni el mínimo negocio con sus cantantes, pianistas, guitarristas, percusionistas, etcétera. De haberse aplicado esta medida, por ejemplo, contra el país de Mali, Cooder no habría podido grabar con Ali Farka Toure aquel estupendo Talking Timbuktu, disco de 1994 que yo recomiendo con toda el alma.
Ya el disco de Ry Cooder publicado en 1980, Borderline, llevaba desde su título una señal de mestizaje cultural y contacto enriquecedor que no difiere del establecido con Rubén González, Compay Segundo y amigos que los acompañan. Borderline: la frontera, esa “línea” que tantos mexicanos y centroamericanos han cruzado hacia el norte y pocos norteamericanos han explorado con el talento y la fibra de Cooder. Piénsese nada más en la música de Ry Cooder para la película de Wim Wenders, París, Texas: la mismísima “Canción mixteca”, interpretada por el actor Harry Dean Stanton, es la cuarta pieza del soundtrack. De otro disco suyo, Get Rhythm (1987), un buen amigo me dijo que solamente le faltaba la gozosa bendición del Piporro, esa que Jaime López (en el más “cooderiano” de sus discos, Nordaka) sí tuvo la deferencia de tramitar. Títulos más, títulos menos, otro de Cooder es también elocuente: The Slide Area (1982). Primero, porque la guitarra slide es una de las tantas maravillas que domina este hombre; segundo, porque hablar de una “zona resbalosa” equivale a situar lo que se ofrece, lo que se toca, lo que se produce, ahí donde los contornos tienden a borrarse, donde los pasos de baile resisten contra el saludo militar, donde los pies inquietos e inestables combaten sin armas para defenderse de los dedos admonitorios. Una de las canciones (la segunda) de The Slide Area, “I Need a Woman”, es por lo demás obra de Bob Dylan: como una línea curva que tiende a cerrarse, la tradición crítica de los Estados Unidos abraza el extremo del mestizaje y la hibridación estética y refuerza un poco la esperanza de paz en este mundo en guerra.
("La música prohibida" se publicó en Mural el 27 de abril de 2003, al comenzar la guerra en Irak.)



